
Las calles apestan
en mi querida Santa María. Dicen que una unitaria, se robó la cabeza de
Avellaneda de una pica. Eso dice mi madre, que
no levanta la cabeza del bastidor. ¿Qué borda? ¿Rosas? La calle está
infectada dice. Pero a mi me gusta caminar entre el olor, los candombes, y los
cuerpos. Mientras mi madre, borda, borda, borda...
Antígona
del Río de la Plata
que busca los restos dispersos de perros vagabundos, fetos abandonados, y los
entierra en contra de la prohibición vigente.
“¿Qué hace la niña entelando
los pelos? Mile que está plohibido entelal…? Yo le dejo la caletilla amita y peldoneme
usté... pelo entelal está plohibido...”
Pero yo los entierro igual. Me
gusta. El barro. Yo entierro y los bendigo. Yo los bendigo y los amo. Yo los
acuno y los sepulto, yo los acaricio y lloro ante cada montículo sin cruz.
Sh...que nadie vea a Camila O’ Gorman. Que nadie la vea como una sombra
buscando cadáveres. Camila. La juntacadáveres.Ya voy padre. Ya voy madre... Ya
voy...
La
Camila
que se despliega en la textualidad de Escofet, es una y es todas, figura
compleja que despliega en la escena el poder de la pregunta salvadora; es la
que se mira en el espejo y se ve desde ese territorio cóncavo desde adentro
hacia un afuera hostil, pero que sin embargo no se resiste a la construcción
que de ella se pide. La Camila
que el discurso de la dramaturga construye atraviesa los tiempos en el cuerpo
de la actriz y pone en acto la potencia rebelde de las mujeres de la historia.
Las sumidas en el silencio de los relatos edulcorados, las que obedecen a un
proyecto que las necesita sumisas y entregadas a la voz patriarcal, las que
para desaparecerlas hay que objetivarlas, convertirlas en cosas, en ajeneidad
absoluta o neutralizarlas desde las palabras que las nombra. Identidad
impuesta, el nombre, de la que Camila se apropia para sentar desde su nueva nominación
un refugio de libertad. Darle cuerpo a Camila o a todas las Camilas que emergen
del texto primero no es tarea fácil: profusión de sentidos e imágenes propia de
la poética de Escofet en el cruce de distintas
perspectivas, de diferentes intertextualidades. La pequeña sala de Espacio Abierto potencia nuestra
sensibilidad: los sahumerios encendidos nos ubican en un tiempo mítico, real y
ficcional, la tenue luz nos hace estar atentos y las paredes negras nos
anticipa el trance doloroso. Corina Bitshman[1] no sólo construye a su personaje con
profesionalismo sino que va más allá, potente y descarnada con sus tonos, su
gestualidad, con sus cuidados desplazamientos le da cuerpo a esa fusión de mito
/ heroína / mujer. Por momentos susurra como si fuera una canción de cuna pero
en otros gime y grita como una leona herida; acompañada por la melodía
compuesta por Sergio Alem, y en cada canto produce un respiro para el
espectador si éste logra no estar atento a cada palabra pronunciada:
“Bailan mazorcas
Danzas macabras
Lloran las picas
hay luz de alarma
Muere la vida
Nace la muerte…”
En el espacio escénico, en distintos niveles con
muy pocos elementos, entre ellos una silla para espera a Uladislao, al amor, al
perdón, a la muerte y una “pila bautismal”, simbolismo tradicional donde el
agua representa al “océano primordial” y el rito del bautismo con el perdón del
“pecado original”. Camila es “la perra parida” y el “retoño amaestrado”, una
maldecida sin retorno, que a pesar de la venda y de los grilletes lucha para
“morir amando”
“Ay Camila,
Valentina O’Gorman Sanz
Ay Gutiérrez,
padrecito hay que rezar…”
¿Qué pecados intenta lavar Camila? ¿Los propios
o quizá los ajenos? Si Camila con sus 23 años fue un hito como mujer, Cristina
y Corina no solo actualizan su historia, en un clima claustrofóbico y de expectativa inquietante, sino que construyen una relación que se corporiza en el espesor propio
del texto espectáculo. ¡Ay Camila!
trasmuta al espectador a un tiempo-espacio “otro” imposible de olvidar.

¡Ay, Camila! dramaturgia de Cristina Escofet, para el ciclo “Las Maldecidas”. Actriz: Corina Bitshman. Música original y dirección vocal: Sergio Alem. Diseño de escenografía y vestuario: Luisa Giambroni. Asistente de dirección: Esteban González. Dirección General y puesta en escena: Cristina Escofet. Producción ejecutiva: Grupo Estigma. Diseño gráfico: Eduardo Echaniz. Prensa: Tehagolaprensa. Teatro Roxana Randón Espacio Abierto.
[1] En la puesta de Las Descentradas
dirigida por Adrián Canale, en Puerta Roja, la actriz se destacó más allá de su
personaje por su interpretación del tango Niebla
del Riachuelo.
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