martes, agosto 20, 2013

Pensar la escena | Homenaje a Osvaldo Pellettieri


Pensar la escena.
Homenaje a Osvaldo Pellettieri

Editores: Marina Sikora y Martín Rodríguez



Pensar la escena. Homenaje a Osvaldo Pellettieri es un reconocimiento a la labor de quien, como investigador, marcó un antes y un después en la investigación de la historia del teatro argentino, creando un modelo y una metodología que aborda su estudio considerando tanto las condiciones histórico-sociales en que tiene lugar la producción del texto dramático como su concreción a través del análisis del texto espectacular y su recepción.

Pero sin duda el rol que más lo enorgullecía fue el de maestro. A través de la cátedra de Historia del Teatro Argentino y Latinoamericano formó un numeroso grupo de investigadores a quienes trató de inculcar su pasión por el teatro argentino y el rigor puesto al servicio de la tarea de investigación. Para concretar esos objetivos fue que creó el Congreso de Teatro Iberoamericano y Argentino y dirigió numerosas publicaciones en las que sus discípulos pudieron tomar contacto con las expresiones más avanzadas de la teoría teatral, tanto del extranjero como del país todo, y exponer sus trabajos junto a los de nombres ya consagrados.

En Pensar la escena se ha tratado de cubrir, aunque sólo sea parcialmente, el múltiple abanico del gran número de colegas y discípulos que colaboraron e hicieron posible esas realizaciones. Incluye trabajo de Leonardo Azparren Giménez (Venezuela), David William Foster y Mario Rojas (Estados Unidos), Roger Mirza (Uruguay) André Carreira (Brasil), Marco De Marinis (Italia), Enric Ciurans (España), Graciela Frega (Córdoba), Liliana Iriondo (Tandil) Graciela Balestrino y Marcela Sosa (Salta), Cristina Piña, Carlos Fos, Jorge Dubatti (Buenos Aires) y de quienes fueron sus discípulos y colaboradores más cercanos, María Florencia Heredia, Patricia Fischer, Silvina Díaz y Adriana Libonati, Laura Cilento, Marina Sikora y Martín Rodríguez, todos ellos integrantes de GETEA y los dos últimos sus actuales directores. La idea rectora al reunir estos nombres fue la de respetar la pluralidad que Pellettieri siempre trató de que guiará las presentaciones grupales organizadas, tanto en el Congreso como en sus publicaciones.


Efímero de Mariana de Althaus (Perú)


Mariana de Althaus1 es una joven dramaturga peruana que tiene una muy interesante línea de trabajo desde el estreno de su primera obra,  En el borde  en 1998, en Buenos Aires; que luego repuso en Barcelona, España, en 2002. Parte de la literatura, pero no es una dramaturga de laboratorio, ya que además dirige sus propias obras, y en ese tránsito de una función a otra, hay una línea de creación que le da a cada uno de los elementos que componen su teatro el lugar que le corresponde para que el engranaje resulte perfecto. La puesta que en el Celcit, (Centro Latinoamericano de Creación e Investigación) dirige Claudia Quiroga2, va al rescate de esos procedimientos en todas las dimensiones que pueden ser apreciadas por un espectador atento. Desde la disposición del público, que hace que haya una dicotomía entre ver desde un lugar u otro, y que lo obliga a elegir, y hacia el final, a desear volver para ver la obra desde una ubicación distinta. Desde allí, Efímero, da cuenta del primer rasgo que el título encierra, el arte escénico es una acto de escasa duración, nunca igual, nunca repetible, y que se ofrece un instante que a veces desearíamos se extendiera para poder captar todos y cada uno de sus acontecimientos. Las doce actrices que están en escena, y que representan cada una a su manera a Lunar, siempre igual en su búsqueda de lo inalcanzable, su gato Efímero, negro o azul, con mechas rojas, huidizo como el amor, el deseo, la piel del otro o el destino; y siempre distinta, ya desde el exterior de un vestuario que iguala e identifica. Porque todo guarda su diferencia en esos personajes que se asemejan tanto con sus pilotos, salvo dos, que guardan una distancia, Lunar de uniforme marrón, Lunar de saco azul, pero que si nos detenemos comprobamos que toda asimetría es posible: zapatos de diferente color, botones como prendedores en el piloto, cordones diferentes, peinados extraños. Contradicción del afuera, para dar cuenta de la que cada una encierra en su persecución que nunca sabremos si es del otro o  por fin de sí misma. La luna y sus caras, el exorcismo de saber o no el futuro, y sin embargo correr tras él con la ilusión de alcanzarlo y modificarlo según nuestro propio deseo. Efímera es también la disposición espacial, que coreográficamente cambia de situaciones y protagonistas, que utiliza los objetos simbólicamente para transformarlos en otros sentidos, y de alguna forma acercarnos a su condición siniestra, como las muñecas desarticuladas en partes que la actriz va acomodando pero no para reunir sus miembros en un cuerpo, sino para dar cuentas de la cantidad de piernas, brazos, cabezas que componen el todo y expresarnos como seres divididos, fragmentados; a pesar de la fantasía de creer que encerramos en nuestro pequeño cuerpo una mujer maravilla dispuesta y capaz de todo. Esa dicotomía se da también en los pares de personajes que centralizan la atención en cada cuadro. Siempre en flagrante contradicción inician y continúan el ritual de búsqueda y desencuentro que la trama propone. La iluminación por momentos tenue o bien con parpadeos o bien recortando a la protagonista de la escena le otorga al espacio escénico un volumen especial. Otro acierto de esta puesta en escena es poner en primer plano la musicalidad del texto dramático a partir de expresividad corporal de cada actriz, en cada tono, en los gestos y en los continuos desplazamientos. Como así también los diferentes sonidos – la utilización del cuerpo como instrumento acústico, la melodía de los distintos instrumentos musicales – de cuerda y de percusión, algunas canciones y las pausas o los silencios que se van imbricando otorgándole al hecho teatral un ritmo sostenido y un espesor propio. Siguiendo a Pavis, si “la música crea por sí sola mundos virtuales, marcos emocionales para el resto de la presentación” en esta obra, en particular, no solo crea la atmósfera necesariamente inestable de lo efímero siendo su principio constructivo sino que,  además, logra la perfecta conjunción con los otros sistemas significantes, en un conjunto actoral cohesionado, donde las actrices despliegan sus cualidades histriónicas con decidida generosidad.








Efímero de Mariana de Althaus (Perú) Elenco: Micaela Arditi, Mariana Arrupe, Agustina Barach, Camila Carreira, Yesiré Carrilo, Verónica Heguy, Sibila Herrera, Flor Lamas (acordeón), Karen Mechoulam, Dulce Azul Ramírez, Lucía Snieg, Ornella Steffazzi. Bombachones, corsetería y costuras: Valeria Rojo By “BRUTA”. Diseño sonoro e instrumentación en vivo: Lucía Snieg (autora e intérprete del tema: “Invencibles e inmortales”) y Ornella Steffazzi. Dispositivo escénico y diseño de iluminación: Fernando Díaz. Fotos: Hernán Soma. Asistencia de Dirección: Lidia Volpe. Diseño gráfico: Yesika Carrillo. Prensa: AYNI Comunicación. Producción ejecutiva: Sandra Posadino. Dirección: Claudia Quiroga. Producción General: www.laschicasdeblanco.com.ar. Teatro CELCIT.












Pavis, Patrice, 1998. Diccionario del Teatro. Barcelona: Paidós: 306-308.







1 Empezó su carrera allá por el 92, como actriz, es Licenciada en Letras, y vive de la escritura, aunque confiesa que no del teatro. Luego de En el borde, dirigió El viaje (2001, coautora), Los charcos sucios de la ciudad (2001), que además protagonizó y la obra apareció publicada en el libro Dramaturgia Peruana II, cuyo editor fue Roberto Ángeles. Le siguieron las obras Princesa Cero (2001, coautora), Tres historias de mar (2003, la estrenó y dirigió en Barcelona, obra participante en el Festival Margaritas), Vino, bate y chocolate (2004), Volar (2004) y La puerta invisible (2005). En 2006, escribió y dirigió la obra Ruido. En el año 2011, presentó las obras de teatro La mujer espada, Entonces Alicia cayó y Criadero, instrucciones para (no) crecer. En 2012, dirigió la obra El lenguaje de las sirenas en el MALI. A fines de año presentó El sistema solar, repuesto el año siguiente durante abril–mayo De Althaus publicará el libro Dramas de familia en 2013, que reúne sus tres últimas obras.

2 Actriz, docente, autora y directora. Egresada de la Escuela Municipal de Arte Dramático. Profesora Nacional de Expresión Corporal, IUNA. Coordinadora grupal egresada del Instituto de la Máscara. Estudió dirección con Lorenzo Quinteros, Ricardo Bartis, Carlos Ianni, Juan Carlos Gené; actuación con Carlos Ianni, Ricardo Bartis, Verónica Oddó, Carlos Palacios, EITALC; comicidad con Eduardo Calvo, Enrique Federman; clown con Enrique Federman, Merche Ochoa (Barcelona), Violeta Naón, Hernán Gené; canto con Verónica Condomí, Flora Yunguerman. Integrante del dúo Las Chicas de Blanco. Docente y directora de los talleres de teatro para adultos mayores del C C Ricardo Rojas (UBA), docente Plan de Capacitación INT, en actuación. Coordinó junto a Eduardo Calvo los talleres de Teatro Cómico en el C.C. Ricardo Rojas (UBA), C.C. San Martín, CELCIT y Humorama: entrenamiento actoral para la comicidad. Dirigió "La Calma", "Memoria de elefante (La confesión)", "Almendras amargas", "Terror y miseria en el primer franquismo" y "La edad de la ciruela", estas tres últimas en el CELCIT. Actualmente actúa su unipersonal "Changas conurbanas", "La edad de la ciruela" y "Alle donne" (producción de la Comedia de la Provincia de Buenos Aires). Dirigió recientemente "Los tres patitos" en el Programa CELCIT para Teatroxlaidentidad.






lunes, agosto 19, 2013

Nacen las aguas de Lucía Pochat, Lucía Schinocca Cambiaso






Lo más impactante de la puesta es el modo de actuación que transforma a los personajes en dos tiempos claramente diferenciados, uno de un realismo paródico, cuando las hermanas narran momentos de su vida mientras realizan la ceremonia de amasar el pan, y la otra que remite a una atemporalidad que atraviesa los sujetos desde la emoción que guarda la palabra poética: Nicolás Guillén, Alfonsina Storni, César Vallejo, Harold Pinter, Roberto Fernández Retamar y Pablo Neruda, ponen el verbo, mientras Lucía Pochat y Lucía Schinocca Cambiaso se arrojan al abismo del escenario y ponen el cuerpo y la voz para darle a las palabras una realidad de espesor sígnico. Esta segunda presencia escénica elabora desde el expresionismo una corporalidad que llega por momentos a la animalización de esos cuerpos que se entregan a la doble realidad del decir y el hacer. El espacio dividido en dos, la cocina y la sala de estar, territorios que las hermanas cruzan para la tarea doméstica del amasado, función metafórica donde lo que realmente leva y finalmente se convierte en comida es una memoria que no quiere en su doble juego, ni estar presente con ciertos recuerdos, y recordar para no olvidar. Recuerdos, presencias que inquietan de manera nostálgica a las dos mujeres, que viven como si todo ya hubiese ocurrido en ese pasado que trae al continuum del presente las palabras hechas poesía. La música en escena, los sonidos de la extraescena, los contrastes de la iluminación, el negro del vestuario de presentación que también es contrastante con la ropa diaria, de mujeres de su casa que en la intimidad vuelven a revisar sus vidas, y a pesar de bucear en cada recoveco, dejan siempre en suspenso aquello que mide su valor, en el dolor y el silencio; todo confluye para que se cree un clima que nos arrastra del humor a la emoción. Cada fragmento de memoria, trae como consecuencia el fluir de la poesía, y entonces el relato toma otra dimensión, espesa y oscura; Llegada de Nicolás Guillén inaugura ese espacio atemporal, donde el “deber ser” es puesto en discusión desde el género: Tu me quieres blanca, Hombre pequeñito, dos poesías de Alfonsina que son un manifiesto, una declaración de principios; la ausencia intolerable, el gusto de la pastafrola lleva a los personajes al dolor de los “Golpes como del odio de Dios;…” en el mejor Vallejo el de Los Heraldos negros, y a no asumir el discurso del poder que niega lo evidente y quiere proceder a una doble desaparición junto a la voz del dramaturgo Harold Pinter, quien también era poeta, en No les creas; la discriminación, la fuerza de la mirada del otro sobre uno mismo, se vuelve ironía en Felices los normales de Roberto Fernández Retamar; pero las autoras de la construcción de una historia que deviene a través de las palabras propias y las ajenas, elijen para cerrar su trabajo volver al inicio, al amasado ya concluido, a la labor terminada, felizmente concluida a pesar del camino escarpado que ambas han recorrido junto a Pablo Neruda y su Oda al Pan. La puesta es un trabajo en equipo, una creación que bucea en los propios sentimientos y se aúna a los otros contemporáneos, historia dentro de otras historias, pequeñas, simples pero a la vez constitutivas de una forma de ser y de sentir: “El agua corre, el pan toma su forma. Al amasar, nos moldeamos a nosotros mismos. Y mientras esperamos que la cocción llegue a su punto justo, el tiempo nos atraviesa por completo”  Así definen su trabajo en el programa de mano, así nos llega a los espectadores.






Nacen las aguas. Libro y dirección general: Lucía Pochat, Lucía Schinocca Cambiaso. Elenco: Teresa (Lucía Pochat), Inés (Lucía Schinocca Cambiaso) Dirección y realización musical: Nicolás Morykon. Dirección y realización de escenografía: Raúl García Tato, Gabriela Schinocca. Diseño de luces: Andrés Schinocca. Gráfica: Federico Do Pazo. Prensa: Antonela Santecchia. Co – dirección: Gabriela Noto. Teatro: La Ranchería.










Alfonsina y los hombres de Mariano Moro


Yo no estoy y estoy siempre en mis versos, viajero, 
Pero puedes hallarme si por el libro avanzas

Dejando en los umbrales tus fieles y balanzas: 
Requieren mis jardines piedad de jardinero.

(Alfonsina Storni)

Cuando vemos el cuerpo de la actriz en escena, en una escena despojada de elementos que distraigan nuestra atención, y oímos como de su voz surgen los versos de la poetiza Alfonsina, no sabemos discriminar que produce mayor seducción, si el decir o lo dicho; o ambas cosas unidas en ese cuerpo atravesado por el talento de la palabra y de la actuación. El tercer elemento es la selección que el autor, Mariano Moro, hace de esa escritura cargada de ternura, pasión y dolor, que logra enlazar vida y obra a través de las palabras de una visión poética que logra transformarse en la metáfora de una subjetividad muy particular. Sin recurrir a las poesías más conocidas, recortando con piedad de jardinero algún verso, aquí o allá, construye una trama que está presente en la escritura, y ordena el caos. Alfonsina Storni no era argentina de nacimiento, pero como todas las mujeres de su época en el país estaba sujeta a una moral burguesa que condensaba en el silencio el mejor ejercicio de la femeneidad: “Y todo eso mordiente, vencido, mutilado, / Todo eso que se hallaba en su alma encerrado, / Pienso que sin quererlo lo he liberado yo” (62) Ella transgresora desde la niñez, no dejó nunca de provocar la marginalidad impuesta a su género y luchó en el terreno de los hombres por un espacio que se ganó como diría su amigo Roberto Arlt: “por prepotencia de trabajo” y por una audacia que apagó el miedo a los demás con el ataque frontal de la palabra, en el ejercicio del enunciado y de la enunciación. Poeta, dramaturga, docente, periodista, invitada sin tarjeta al festín de la vida intelectual, amiga entrañable de Horacio Quiroga, y constructora sobre todo, como aquél, de su destino. El punto de vista de Moro resalta esos aspectos de su personalidad, mostrándola frágil y etérea  a la vez que aguerrida, cínica, y decidida. La actriz Victoria Morèteau, dirigida por el propio autor, logra entender el proceso de construcción de sujeto que el autor realiza a través de las propias palabras de su protagonista, y encarna a Alfonsina con una ductilidad y una excelencia, que nos hace sentir al personaje y olvidar a su instrumento. Su trabajo es excelente, en matices, gestualidad, movimiento corporal, pregnancia en el escenario, abarcador en el juego incesante de una voz corporizada que nos trae a Alfonsina en cada momento, en un presente continuum. El diálogo que establece con el público, constituye una pieza fundamental en el hilado del relato, subrayado por la iluminación de Claudio del Bianco, que sugiere y transforma el espacio. El sujeto no deja fluir al vacío las aristas de su vida, no reflexiona sobre sí misma para sí misma, necesita ser escuchada, necesita de la complicidad de otras mujeres y de otros hombres, que puedan entenderla, ser capaces de escuchar con atención los pormenores de una relación, que desde la dirección hacia el hombre, como destinatario privilegiado, abarca a una sociedad toda que es la que la expone a la mirada acusadora de su intransigencia, y de la crueldad de ser juzgada por la valentía de un amor develado en su escritura.  El hombre para Alfonsina es ese otro, que se mueve entre el deseo y el rechazo, cuando lo imaginado no se corresponde con la realidad:



Estuve en tu jaula, hombre pequeñito, 
Hombre pequeñito que jaula me das,
 
Digo pequeñito porque no me entiendes,
Ni me entenderás. (53)


Pero, Alfonsina habla a través de los hombres de las mujeres, de ella y de todas, las iguales y las diferentes. Las que entienden el dolor de la distancia entre lo deseado y lo obtenido, y las que callan y se conforman. Habla también de la necesidad de lograr con el hombre un espacio de complicidad amorosa, que le resulta tan difícil en un mundo donde la estructura es la regla a seguir, donde se castiga cruelmente a quien la evade. Y habla también de la muerte, la que supone no ser como se quiere y necesita, obligada a mentir para ser aceptada, y la definitiva que nos ronda desde el comienzo, como una amiga extraña que nos arroja al valor o a la cobardía. La muerte es la definitiva paz, el premio final a un cuerpo cansado de la lucha cotidiana; y es también una elección de modo, tiempo y espacio. La escritura y la puesta de Mariano Moro transfigurada en el cuerpo de Victoria Morèteau, que se luce en su imagen despojada, nos acerca con su pluralidad de matices al universo de la poeta y de la mujer, para construir en una sola figura, la de la actriz, una trama de fragilidad y de fuerza que nos envuelve en la seducción de la palabra, la mirada, y la danza de su cuerpo.







Alfonsina y los hombres de Mariano Moro. Intérprete: Victoria Morèteau. Iluminación: Claudio del Bianco. Vestuario: Victoria Morèteau. Diseño gráfico: Mía Comunicación. Prensa: Simkim & Franco. Producción Ejecutiva: Sebastián Ezcurra. Dirección: Mariano Moro. Fotografía: www.oneboutiquestudio.com.ar. Teatro: El extranjero.




https://www.facebook.com/AlfonsinaYLosHombres







Storni, Alfonsina, 1968. Antología poética. Buenos Aires: Editorial Losada.





jueves, julio 25, 2013

Viaje al fin de la guerra de Gabriel Fernández Chapo



 
En mi obra pretendo develar a los nuevos marginados de la actualidad, narrar el dolor humano ante la imposibilidad de cumplir sueños y expectativas, a partir de la trascripción de las crisis sociales, políticas y económicas en las vidas de los ciudadanos de nuestros barrios. Pretendo que mi escritura esté construyendo un discurso poético sobre nuestra realidad, sobre los cambios culturales y sociales que se suscitan en nuestros barrios, en nuestras ciudades. De una manera más o menos explícita pretendo que el teatro sea un ajuste de cuentas con el presente.
(G. Fernández Chopa)

La obra de Chapo en esta oportunidad trabaja sobre una ciencia ficción histórica, en un futuro anacrónico (crisis de 2001) la Argentina habría sido dividida con las viejas banderas de unitarios y federales; porteños y bonaerenses en este caso se disputarían el poder y el territorio, pero sobre todo una identidad delimitada por una geografía caprichosa. Dos personajes, Lexo y Feuchito, son reclutados de la noche a la mañana  y llevados a una trinchera que resiste los embates porteños, campo minado mediante. Las órdenes y contraórdenes, vuelven absurda una situación ya absurda, sobre todo para uno de los personajes. El escenario de una guerra fraticida, que apela a la emoción para obnubilar los otros sentidos, y convertir a los ciudadanos en simples máquinas de matar, sin dudas éticas posibles; a pesar que tanto uno como otro son integrantes de la Universidad, es decir, la supuesta catedral del pensamiento racional. La puesta construye un espacio claustrofóbico para el espectador, donde los sentidos son atravesados, no sólo desde la mirada, sino desde el sonido, el de la palabra, la voz humana, y la de los cañones y ametralladoras, y desde el olfato, el humo da cuenta de una relación íntima desde la platea con los acontecimientos. La caída de los pétalos de rosa, son otro momento donde las líneas de demarcación se anulan por completo. La trinchera nos invade, se expande hacia un afuera que es el adentro de la sala, y nos trae la extraescena a través de la voz en off del coronel, y de las explosiones. Ambos personajes pertenecen al conurbano bonaerense1, sur u oeste, da lo mismo en principio, hasta que la línea invisible de nuestra historia de divisiones y dobleces, los envuelvan en una nueva espiral de horror. ¿Quién da las órdenes en medio del caos? ¿Quién está interesado en que el caos sea la constante sistemática de nuestras vidas? ¿A qué orden obedecer, cuándo ese orden es sólo un instante de fragilidad? Con diálogos sencillos, pero cargados de una semántica que implica nuestra forma de pensar el deber y el hacer, los personajes en el cuerpo de los actores, Juan Mako y  Giovanni Bellezzi, nos ponen dentro de sus propios límites y nos hacen testigos de una posibilidad que por ahora nos parece lejana. Llevar al límite a las situaciones aleja al espectador que se siente fuera de una narración que juega con el futuro próximo, pero que  también intenta darnos un alerta sobre las divisiones que nos cruzan desde nuestra pasado histórico común. El marco que el autor trabaja es el 2001, y el delirio de militares que formaron parte de la dictadura cívico / militar, y que en el medio de la crisis logran reavivar antiguos odios. Pero ese relato fantástico logra hacernos pensar en nuestro pasado y en la manera que desde el comienzo de nosotros como entidad estatal configurada, estuvimos siempre atravesados por una dualidad donde la vida social tuvo hijos y entenados, y por supuesto carne de cañón. El absurdo de la guerra es un problema existencial y humano, el absurdo de encontrar siempre un motivo para no ser todos iguales es un problema que heredamos y que no parece tener solución. El límite es la guerra, pero hasta allí el camino está sembrado de buenas intenciones.







Viaje al fin de la guerra de Gabriel Fernández Chapo. Elenco: Giovanni Bellizzi, Juan Mako. Voz en off: Nacho Rossetti. Diseño de iluminación: Claudio del Bianco. Escenografía y vestuario: Emilia Pérez Quinteros. Diseño gráfico: Juan Mako. Fotografía: Emiliano Politano. Asistente Martín Berra. Dirección: Gabriel Fernández Chapo. Espacio Polonia.






https://www.facebook.com/events/1403765926503037/?ref=22








1 Uno está impregnado del universo que lo rodea o que transitó. De alguna manera, todos tenemos un paisaje urbano o rural que es la escenografía de nuestra vida. Al menos en esta etapa, mi obra está orientada a dar cuenta de estos lugares propios del conurbano que me son cercanos, de los cuales necesito apropiarme y volver literatura dramática. El conurbano fue y es un espacio tan determinante en mi vida que se hace lugar en mi espacio poético de escritura para ser expuesto. Y ese espacio condiciona una poética de contrastes: lo poético y lo coloquial se disputan su derecho de estar. En ese camino me hundo en lo oscuro, en el dolor, en la tristeza local, pero desde una mirada poetizada que me acompaña no como recurso creativo, sino como necesidad para vivir –si no me agobio– y llevar adelante mis búsquedas. (blog Teatro, entrevista extraída de Página 12, 20/6/2012)






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