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miércoles, septiembre 11, 2013

El Invernadero de Luis Cano




La puesta de Alejo Sambán recorta el espacio escénico y coloca en asimetría la figura de la madre sentada en un sillón / trono donde dirige las acciones de su contrafigura, el hijo, a través de la memoria fragmentada en las fotos y en el recuerdo entre el cinismo y la nostalgia del padre. Allí, en ese locus cerrado, amenazada por un afuera que se modifica a pesar suyo, se desarrollan las acciones en la extraescena, donde el hijo narra hacia un público heterogéneo otro discurso donde el relato difiere y se contrapone al de la figura femenina. Los personajes de El Invernadero cumplen con los procedimientos del absurdo en su mecánica de repetición sobre los hechos, de metateatralidad, de conformar un triángulo donde el vértice es aquél que une a los otros dos en una red de conflictos. La escenografía  distribuye en paneles un piso de tierra que los personajes recorren como si fuera un tablero de ajedrez donde las piezas tienen movimientos prefijados que realizan en un tempo casi detenido. Los souveniers que la madre recoge y ofrece son la doble naturaleza construida desde la memoria de esa tierra seca que no ofrece frutos a futuro. Metáfora de la aridez de una vida consagrada a resguardarse de sí misma y de los recuerdos. Al inicio, un leve aroma (tal vez de algún incienso) nos pone en contacto con el ritual y el dispositivo escénico al centrar la cuadrícula y al envolver dicho centro con blancas paredes crea ese espacio-tiempo suspendido. Pocos elementos, además del sillón - el bastón y algunos pequeños objetos propiedad de la madre sobre el piso de tierra. ¿Por qué tierra? Quizá tierra como elemento primordial de naturaleza pasiva pero también por su doble principio: por un lado, su espontánea fecundidad y, por otro, el eterno retorno pues todo vuelve a la tierra. En las intersecciones de las líneas rectas parecen surgir los fantasmas de cada personaje, la relación entre ellos y con el espacio produce asfixia, un límite inevitable. Mientras, en el espacio virtual, el invernadero parece ser el único sitio donde algo sucede con cierta linealidad a partir de las intervenciones del personaje hijo / narrador. Con este recorte perfecto los personajes quedan encerrados por los límites físicos y también por los internos. La madre, demasiado joven, es el artífice de semejante estructura y nunca abandona el espacio lúdico cerrado, por ser ella el núcleo duro de la historia. Personaje atemporal que aporta cierto humor irónico, necesario para una situación dramática que se podría tener un ritmo estable pero, en realidad, es un recorrido que nos lleva por las perturbaciones del relato en un espacio íntimo enrarecido por años de incomunicación. La fragmentación de los diálogos, el susurro de la madre mientras la voz del hijo quiere dar cuenta del sentido de su vida vacía, y la aparición de la imagen paterna en los pocos momentos compartidos, son llevados adelante por los actores con justeza y una muy buena construcción de sus almas conflictuadas; donde la debilidad tiene dos expresiones antagónicas, la búsqueda de la aceptación y el desprecio; caras de la misma moneda: la soledad.  La escritura de Cano produce en el absurdo como género una nueva mirada, y construye a partir de otros procedimientos una forma, una manera de expresar que ya constituye un estilo; - la necesidad de romper con la coherencia interna del género e interpelar al espectador – por ejemplo; o una estructura en cuadros como capítulos de una novela y la definición de lo teatral como “comedia”.
 





El invernadero de Luis Cano. Elenco: Analía Sánchez, Enrique Dumont y Federico Marrale. Dirección de arte: Constanza Balsategui. Producción: Karina Sotelo. Dirección: Alejo Sambán. Prensa: Carolina Alfonso. Teatro No Avestruz.






http://noavestruz.org.ar/?p=2444

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miércoles, octubre 17, 2012

Aviones enterrados en la playa de Luis Cano



La memoria es una construcción colectiva, pareciera decirnos Luis Cano en la puesta dirigida también por él de Aviones enterrados en la playa, sus cinco personajes buscan vivos y muertos reconstruir el puzzle de momentos de su vida que fueron para ellos, fundamentales. El espacio dividido entre los de arriba y los de abajo, rodeados por una atemporalidad visible en la neutralidad del blanco, nos lleva al relato de sucesos reconstruidos a partir de pequeños discursos que se van enlazando sobre todo por el lugar que los reúne y la impronta de lo que debe recuperar el sentido. Como siempre Cano parte de lo mínimo a lo máximo y como una piedra tirada en un lago tranquilo pero profundo, va desplegando ante nuestros ojos y oídos una suma de fragmentos que se anudan entre lo real y lo absurdo para provocar el desconcierto pero también la emoción aguda que atraviesa la platea para envolverla en un clima inquietante. ¿Quiénes son, de dónde vienen y a dónde dirigen su última palabra, la que cierra y enmarca el relato? Tal vez estos interrogantes en un género que no los precisa no sean importantes, pero sin embargo, son los que mantienen la tensión dramática, desde el suspense, de la necesidad de develar el nudo de relaciones que van y vienen como las olas en su incesante movimiento. La vida y la muerte, el principio, el fin, y el principio en un círculo perfecto es el que construye y reconstruye los discursos, que son apresados por la inmovilidad y el silencio de los de arriba, y por el trabajo con el cuerpo de los de abajo. El pescador (Mauricio Minetti) en un muy buen trabajo, relata una historia que involucra circunstancias diversas, y se propone con el anzuelo de las palabras en pescador de almas. La primera, la del hombre en piyama (Francisco Grassi) que mantiene con su silencio, sólo interrumpido hacia el final, una incógnita a develar. El lobo marino (Leonardo Murúa), el muchacho (Federico González Bethencourt) y el padre (Román Lamas) aúnan al lenguaje oral, el no menos significativo de la expresión corporal que construye, se puede afirmar, una narración otra. Todos como piezas de una maquinaria precisa, producen un trabajo actoral excelente. Según el programa de mano “Aviones enterrados en la playa es un esbozo”, esbozo de una profunda propuesta teatral que se presenta inacabada porque será, necesariamente, el espectador atento quien, quizá, pueda reponer ese resto que desde la dramaturgia se nos niega. El dispositivo escénico con muy pocos elementos logra el mundo suspendido de la fotografía o de la postal, con la casi inmovilidad de algunos personajes que parecen surgir de un tiempo impreciso y distante. Pero, hay un elemento que tiene vida propia: viejas hormas de zapatos dispersas, aunque no azarosamente, que connotan múltiples sentidos, imágenes conceptuales, según la experiencia espectatorial. Peces, piedras, zapatos,…, restos que el mar ha arrojado porque no le son propios, los ha expulsado hacia alguna playa, punto de encuentro e inestabilidad que, como los médanos, oculta y deja al descubierto. Tal vez, en más de un espectador, estos elementos concretos – de madera -  originen que la memoria individual y colectiva se filtre con brusquedad, y como el mar vomite nuestra pesadilla con “los vuelos de la muerte”, de la última dictadura cívico-militar[i]. Por otro lado, las cajas de madera funcionan en sentido opuesto provocando cierto alivio en el público, pues van cambiando su función – asientos, cajas de percusión,…- según lo requiera la situación dramática. El espacio escénico está fragmentado, cinco personajes masculino que están a destiempo, en una situación de fragilidad que es subrayada, también, desde el vestuario y la iluminación. Un hecho teatral breve y muy intenso que nos demuestra en la última escena, a modo de coda teatral, que todo es un artificio y según desde que perspectiva particular miremos por el prisma teatral nuestra comunicación con la obra irá más allá de la intencionalidad de su autor / director.









Aviones enterrados en la playa de Luis Cano. Elenco: Diseño de iluminación: Ricardo Sica. Dirección de voces: Tian Brass. Música: Federico Marrale. Escenografía y vestuario: Mercedes Arturo. Asistencia de escenografía: Luna Rosato. Piezas gráficas: Laura Rovito. Fotos: Paola Toriano. Operación de luces: Ayelén Pedemonte. Pre / producción: Lucila Piffer. Producción ejecutiva: Alejo Sambán. Producción artística: Constanza Balsátegui. Coordinación de producción: Gabriel Cabrera. Asistencia de escenario: Diego Becker. Asistencia de dirección: Micaela Picarelli. Dirección: Luis Cano. Fotos: Mariela Verónica Gagliardi. Espacio No Avestruz.













[i]
“Los ‘vuelos de la muerte’ fueron una práctica de exterminio de personas detenidas desaparecidas durante las últimas dictaduras militares en Argentina y Uruguay en el marco del llamado Proceso de Reorganización Nacional (1976-1983). Mediante los "vuelos de la muerte" miles de personas fueron arrojadas al mar vivas, desde aviones militares. [http://es.wikipedia.org/wiki/Vuelos_de_la_muerte]











sábado, junio 16, 2012

Hernanito Pieza esquizo–industrial de Alejandro Acobino


"Más que la locura, lo que me inquieta son los extremos de la mente. O sea, cuando la mente se desata y se transforma en una especie de caballo desbocado. Mi interés sobre el tema de la locura es antes como persona que como dramaturgo. He visto alrededor mío a mucha gente destruirse o llevar a la catástrofe muchas cosas por una especie de empecinamiento u obsesión mental muy difícil de comprender." 
(Alejandro Acobino)1
  
Dos mundos, el mundo fabril del obrero metalúrgico y el del artista devenido pequeño empresario de una pymes que lleva adelante la producción de piezas para la industria. El problema de clases en el mundo de la pequeña burguesía, que quiere ser y parecer alguien con un destino cierto, incursionando desde la incipiente propiedad de una fábrica, en la sociedad ordenada y calificada; un actor social, Juan Jorge, (Rodolfo Demarco) con pretensiones de más, de ascenso, olvidando un pasado de bohemia como herencia que sólo le trae malos recuerdos. A ese universo escindido llega el otro necesario para la realización del deseo, Salinas, (Fernando Donet) el obrero evangelista, que va a poner en acto la realización de la empresa con su conocimiento adquirido en la experiencia heredada de su padre. Dos personajes de mundos antagónicos, que intentarán armonizar la necesidad en la convivencia obligada entre patrón y empleado. Al conocimiento académico que Juan Jorge exhibe con pretendida solvencia para lograr la admiración de Salinas, éste último responde con la sabiduría de lo aprendido en el hacer, desde el minimalismo de su discurso, con la exactitud de aquél que dice lo que sabe. El espacio oficina, bunker de Juan Jorge, esconde un secreto que lo atormenta, el resto del espacio es el habitat de Salinas, máquinas y herramientas, el baño donde se cambia, el banco donde ejerce su oficio. El mundo del teatro de varieté, con su rutina de ventriloquia, es el legado artístico del padre del devenido empresario y su muñeco, Charulo, que adquiere para su atormentada vida, características humanas. Su esquizofrenia divide su personalidad en dos, y el muñeco no es tal, sino el otro yo de su conciencia escindida, o su “hernanito”, que dice aquello que no quiere escuchar. Desde un hiperrealismo que llega al extremo de que el espectador escuche el fluir de la conciencia, junto al ruido de la maquinaria productora, y la música que señala además las diferencias culturales de ambos, Alejandro Acobino nos sumerge en el mundo mínimo de los personajes y en la enfermedad que supone un alma torturada. La puesta sorprende porque finalmente el encuentro personal que caracteriza al género, tiene mayor fuerza en el desdoblamiento de Juan Jorge, en su voz y la de su alter ego Charulo. El espacio escénico es amplio y a la vez lúgubre, la iluminación delimita el desplazamiento de ambos personajes y el ruido de las “máquinas” subraya la dificultad de un diálogo entre dos mundos distintos y opuestos. Si la ventriloquia se realiza mediante el diálogo entre el actor y su muñeco aquí Charulo adquiere vida propia en una relación de amor y de celos con su hermano Juan Jorge. A través de un diálogo que tiene poco de cómico o de sarcasmo, sino más bien de cierto pesimismo y de mucha melancolía. Es interesante el aporte de los momentos de ventriloquia que genera una doble ilusión, momentos de metateatralidad en que un personaje parece darle la palabra a otro, y este otro (Charulo) busca con “su mirada” de manera frontal la complicidad del público. Personaje de apariencia espectral, ni humano ni muñeco, y a través del cual se logra el clima de confidencias que requiere la acción dramática. Con profesionalismo ambos actores superan un pequeño inconveniente, quizá si la duración real de espectáculo fuera un poquito menos la atención del público sería constante.







Hernanito pieza esquizo–industrial de Alejandro Acobino. Actúan: Rodolfo Demarco, Fernando Donet. Diseño de iluminación: Marco Álvarez. Escenografía y vestuario: Rodrigo González Garillo y Amelio Cardozo Gil. Diseño y realización de Charulo: Rodrigo González Garillo. Diseño gráfico: Mariana Rovito. Prensa: Caro Alfonso. Director asistente: Ezequiel Delfino. Dirección: Alejandro Acobino. Sala No Avestruz.














1 Así se expresaba sobre su trabajo Alejandro Acobino en el artículo de Carlos Pacheco, que aparece en Lanacion.com, Espectáculos, 2/11/11, “Murió una figura destacada del off.” Alejandro Acobino nació en Buenos Aires, en 1969. Estudió  actuación entre otros, (con Susana Rivero, Miguel Pittier, Fabio “Mosquito” Sancinetto, Marcelo Mangone y en la Escuela Municipal de Arte Dramático) de la que egresó en 1998. Es egresado de la Carrera de Dramaturgia de la Escuela de Arte Dramático, donde estudió con Mauricio Kartun, Roberto Perinelli y Alejandro Tantanian. En 1996 integró el grupo Sucesos Argentinos como presentador en espectáculos de humor negro Sutilessen del mismo grupo. Integra el grupo Caballeros y Damas Negros, cuya obra Cuando los días se marchitan (luego llamada Marchita como el día) que fue dirigida por José María Muscari. En 1997 estrenó Volumen I, su primer trabajo como director y co – autor. En 1998 dirigió y escribió Plop! o nos vamos a pique…, estrenada en la Sala Emad. Además de teatro escribe narrativa y poesía. Participó en videos y cortometrajes para el CERC (Centro de Experimentación y Realización Cinematográfica) Su obra Continente Viril fue premiada con el “Germán Rozenmacher” de Nueva Dramaturgia en el marco del III Festival Internacional de Buenos Aires, galardón que tiene por objetivo estimular la producción de los autores argentinos menores de treinta y cinco años.







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