Mostrando las entradas con la etiqueta La Casona Iluminada. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta La Casona Iluminada. Mostrar todas las entradas

miércoles, octubre 16, 2013

Piedra sentada, Pata corrida. Farsa civilizatoria de Ignacio Bartolone




Lo que hace a Piedra sentada, Pata corrida un constructo escénico de inusual potencia es su capacidad para instalar teatralidad mediante la potencia del juego actoral, en los andariveles propuestos por una dramaturgia y una puesta escena desprejuicida que benefician ese carácter lúdico. Para poder ahondar en la comprensión de esa bacanal de teatro iremos degustando por partes, tal como proponen Los Lechiguangas, maestros de ceremonia de este particular rito de la cartelera porteña del 2013.     

 
Cuando lo histórico quiere transformarse en escena teatral emergen preguntas sobre el modo de abordaje de aquellos sucesos aludidos; variadas formas de pensar sobre este asunto se pueden rastrear en la historia del arte escénico local. Valga como ejemplo dramatúrgico el señalamiento a la recopilación titulada La carnicería argentina (2007), coordinada por Luis Cano, donde se pone en primer plano la paradoja de que esos acontecimientos del pasado, que llegan a nuestra percepción, lo hacen por intermedio de otros textos (documentos, narraciones, etc.) para luego transformarse en nuevas textualidades. Corolario: las reapropiaciones teatrales de lo histórico serán necesariamente intertextuales. En este sentido, Piedra sentada, Pata corrida opera como si se tratase de una inversión paródica del texto Una excursión a los indios ranqueles de Lucio V. Mansilla o Viaje al país de los araucanos de Estanislao S. Zeballos junto a la reapropiación escénica de una versión libérrima de la novela El entenado de Saer. La propuesta de esta puesta en escena juega con la posibilidad de existencia de una pequeña tribu (Los Lechiguanga) que habita los desiertos de la Pampa en una entrega conflictiva al malonaje y el canibalismo, luego de desmembrarse de la Toldería Mayor siguiendo un supuesto llamado del Gran Peludo (dios criollo de esta fracción araucana, cuyos designios persiguen). El dramaturgo atraviesa un vasto abanico literario (oculto pero presente), fruto de revolver el archivo cultural nacional en torno a la antinomia civilización versus barbarie, instalada en el imaginario cultural argentino. El remix de textos fundantes de nuestra literatura pareciera incluir: El matadero y La Cautiva de Echeverría, La refalosa de Hilario Ascasubi  junto a, sin dudas, Civilización y barbarie. Vida de Juan Facundo Quiroga, Aspecto físico, costumbres y hábitos de la República Argentina de D. F. Sarmiento. Al mismo tiempo, no deja de remitir a cuestiones más contemporáneas de ese imaginario como es la convivencia, en billete de curso legal, de dos íconos antinómicos de nuestra historia como Evita y Roca.    

En la propuesta que aquí nos convoca, una pregunta pareciera flotar en el aire: ¿hay ponerse serio para hablar de la Historia o desternillarse de risa sobre sus contradicciones? Esta segunda opción parece ser la que toma la puesta en escena de Ignacio Bartolone para el texto dramático de su autoría, Piedra sentada, Pata corrida. El diseño lumínico de Claudio Del Bianco, el vestuario a cargo de Paola Delgado y la escenografía que realizaron Paola Sigal y Mariana Gabor resumen, en conjunto y con pinceladas sintéticas pero efectivas, la construcción de la viñeta apropiada para que esta farsa adquiera el carácter presentativo y representativo que la puesta le exige; la mezcla de objetos “escolares” o de “teatro pasado de moda” con un carácter autoconsciente de su imposibilidad de representar aquello a lo que supuestamente refiere le otorgan el exacto punto de interacción en la propuesta de Bartolone. 

De igual manera, la actuación puede agruparse en composiciones que se distinguen entre la presentación y la representación distanciada. En el primer caso ubicamos a la notable construcción escénica de Juan Pablo Galimberti en su rol de El perro Faustino (quien a su vez asume la voz divina del Gran peludo, especie de Pie Grande pampeano, según acota el autor). La comunicación de Galimberti con el público es directa, íntima, cercana y cómplice. Con un manejo exquisito de la técnica clownesca logra  rápidamente empatizar con las y los espectadores desde un tono que cruza dialectos criollos para relativizarlos desde una performance flexible y receptiva.  El resto del equipo actoral trabaja sobre un carácter representativo no exento de distanciamiento y se apoya en el humor, de modo central, construido sobre una partitura física y textual precisa y medida. Dentro de este subgrupo podemos reconocer dos parejas. La dupla cómica de los dos jóvenes Lechiguanga, Duglas-Canejo y  Guai-mayen (interpretados por Eugenio Schcolnicov y Gustavo Detta, respectivamente), despliega físicamente las consecuencias de los excesos juveniles (el primero teme a sus sueños, parecidos a pesadillas, mientras el segundo evacúa palabras de cristiano luego de no resistir a comer una cabeza de blanco). Por otra parte, Lachigi-vieja (Cristina Lamothe) y Cacique Olorá-potro (Jorge Eiro) construyen la otra dupla cómica que estereotipa y parodia las relaciones de género al interior de la pareja heterosexual patriarcal (la incapacidad del poder ejecutivo a cargo del varón será cuestionado durante el desarrollo de la acción y será la mujer quien tomará el mando en esta farsa civilizatoria donde se propone con la posibilidad de una Cacique-mujer). Ambas duplas recurren, también, a gags y condensaciones clownescas en sus interpretaciones aunque sólo toman contacto directo con las y los espectadores a la hora de los números musicales, generando un efecto de distanciamiento en sus actuaciones. Por último, dentro del grupo de actoral que trabaja desde lo representativo, aparece la construcción dramatúrgica de un extranjero al sistema planteado por el autor: se trata de Luciano Ceballos (interpretación de Julián Cabrera que amplía el registro actoral con el que se lo pudo disfrutar en Sudado y engrandece su prestigio). 

Al interior del constructo dramatúrgico es este extranjero quien hace evidente la posición crítica del autor respecto de la autoproclamada superioridad de los “civilizados” españoles avenidos a las pampas cuando, por ejemplo, le describe a su amigo, Santiago, a la distancia, las características de las personas a las que denomina indios: “Y quizás, remataríamos nuestros prejuicios señalando que su cultura y desarrollo son mínimos en relación a los de otros pueblos, pues aquí no se ven observatorios astronómicos, pirámides funerarias o altas ciudades de piedra…”. A su vez, el personaje de Luciano, en el devenir de la acción, se transformará en La Cautiva y adquirirá un nuevo nombre (luego de su fallido intento de bautismo ateo a la tribu hallada). Luciano expresa “Mi nuevo nombre  es Ailín Chacón” y resume, en verso, su nueva posición identitaria masculino-femenina en el uso de la pollera pantalón

Y es que tanto en este ejemplo, que lo ilustra de modo más cabal, como en varios otros que atraviesan Piedra sentada, Pata corrida aparecen temas muy contemporáneos y cruciales de nuestro presente como nación: el cuestionamiento al binarismo de género, la posibilidad de la autopercepción identitaria tanto como la crítica mordaz a los roles genéricos establecidos, el machismo y las grupalidades androcéntricas. Figuras como la/el “Cautiva-varón” y el/la “Cacique-mujer” juegan sobre esta cuerda para darle un viento de contemporaneidad a esta farsa histórica. Invirtiendo aquella propuesta de las Misiones Jesuíticas cuya tarea se basaba en la evangelización a través de la moral cristiana, aquí Luciano Ceballos predica: “¡Lord Byron para todos!”, instalando una moral cuestionadora de todas las convenciones morales preestablecidas, libérrima y anárquica. Al mismo tiempo, apela a lemas presentes en la política contemporánea. En este ejemplo se evidencia, también, el desprejuicio para desplazarse por las asociaciones a las que se puede prestar la oralidad, lo cual nos permite observar otro rasgo dramatúrgico fuertemente combinado en el juego escénico del grupo de intérpretes: el lenguaje coloquial remite a un tono arcaico al mismo tiempo que instala referencias ancladas en el presente. Estas últimas tornan humorísticas expresiones tales como: “¡No sea fisura!”; “Come bicho que es usted”; “Dejá e´ flashar”; etc. 

Justamente es desde una oralidad degradada y bastarda que los Lechiguangas componen su lenguaje de exiliados: “somo la tribu invisible...  Desterrados de las tolderías por… salvajes nos digieron, condenados al desierto por… distintos nos digieron… y ahora… ahora erramos, erramos buscando, buscando… ¿Qué? ¿Que estamos buscando?”. Ese lenguaje incorrecto es el sistema que instala Bartolone como plataforma de juego a partir del cual su uso correcto (el que se ata a los preceptos de la Real Academia Española) se torna una invasión. Esto, unido a lo escatológico (elemento medular del género farsesco como tal), permite llegar a un punto central de Piedra sentada… que es su puesta en primer plano de los excrementos. El texto señala: “Guai-mayen comienza a defecar. Extrañamente lo único que brota de su cuerpo son palabras en castellano cristiano y posturas físicas amaneradas”. En la propuesta lúdica de Bartolone lo que separa civilización de barbarie es una zanja donde se depositan los deshechos, el detritus de esta fracción araucana que a la vez es límite y separación con lo extranjero. Nunca sabremos de qué lado de la misma está la civilización y de cuál la barbarie, la obra se detiene en esa zanja poco observada como si en esos desperdicios pudiera establecerse una reconstrucción arqueológica de las cicatrices de nuestro pasado. Las palabras, en tanto efecto de la defecación lechiguanga transforman términos centrales de nuestra historia nacional (“Soberanía”, “Federales” o “Rosas”) en detritus de una cultura ácidamente criticada. Vocablos de un lenguaje pretendidamente “civilizado”, cuyas aristas más sanguinarias se ponen en cuestionamiento.

La elección del género teatral no es casual ni menor para el tópico abordado. La farsa como tal remite etimológicamente a la sustancia muy condimentada que tiene por función rellenar una comida principal y darle sabor, baste recordar, por ejemplo su sitio de intermedio en los misterios medievales (Pavis dixit). Lo grotesco, su mezcla de lo alto y lo bajo, atraviesa al género en cuestión. Aquí la ingesta alimentaria y su evacuación son enfocadas con una lupa gigante. Las asociaciones a través de esta apuesta son variadas. Como lo en las mejores obras de Copi lo que los personajes llevan a su boca remite a lo impensable como alimento. La idea del canivalismo que trabaja Piedra sentada… permite cruzar ideas muy contemporáneas, mezcla de new age con reflexión política. El cacique, Olorá-potro, explica en un momento

“Lechiguanga, que come cabeza e´ blanco, adquiere su virtud… y su canto. La identidad cristiana  se hace piel, tiñe el cuero, de marrón a blanco, pellejo mestizo, miti y miti. Como Lechiguanga no tiene rancho… digiere y defeca en zanja, tereso blanco, transparente… Fantasma de sorullo. No se ve, pero se escucha, no abona la tierra pero siembra el progreso que se evapora con baranda… a pesadilla… civilizatoria… es real, e’ positivo pero sumamente fantasioso y perjudicial…”
Asimismo, el cuadro musical (con una pegadiza música de Ariel Obregón) reafirma la idea

“Soy aquello que me como… Como gaucho, cago en verso. Sueño oveja con cariño… Como inglés repito el anglo… si me desayuno un poeta mi  bosta… conmoverá (…) Me confundo con el medio… comiéndome a su entorno. Paso por china, criollo y gaucho, unitario refinado… los federales me saben a carne… nauseabunda (…) Y así… cambiando de identidad… ¡Nunca me conquistaran!”.
Lógica queer post-identitaria a la manera de un camaleón. El criollismo de la propuesta de Bartolone se camufla para sobrevivir y toma de los demás lo que le resulta funcional. Casi como una jocosa aplicación dramatúrgica del principio espiritual de moda si sucede, conviene el manoseo de la historia nacional que efectúa la farsa de Bartolone es camaleónica y trabaja, como Copi, con ciertos estereotipos de la cultura dominante para mezclarlos con lo más abyecto, mostrando sus caras menos visibles.
            Si, como afirmó Daniel Link, en el mundo de Copi “Dios es o puede ser transexual”, en el flamante mundo farsesco que despliega Piedra Sentada Pata corrida, Bartolone arriesga que lo divino puede tomar la figura de un perro kistch para afirmar que Dios es una falsa apariencia de orden para soportar el caos. Cristina Lamothe, Julián Cabrera, Gustavo Detta, Jorge Eiro, Juan Pablo Galimberti y Eugenio Schcolnicov logran ponerle el cuerpo a ese caos lúdico donde se les ve disfrutar del placer de la actuación, de un tipo de actuación que no descansa en saber que hay otras y otros detrás de una cuarta pared sino que les interpela directamente, buscando su complicidad para habilitar un juego humorístico pero profundo sobre la revisión de un pasado común que sigue interpelando el presente. Bartolone, desde la dramaturgia y la dirección, logra aunar con una poética definida y desprejuiciada la variedad de elementos que el mundo de Piedra sentada, pata corrida despliega en cada función, refrescando la cartelera porteña 2013 con aires juveniles, provocadores y altamente seductores. 






Piedra sentada, Pata corrida. Farsa civilizatoria [1]. Dramaturgia: Ignacio Bartolone. Actúan: Julián Cabrera, Gustavo Detta, Jorge Eiro, Juan Pablo Galimberti, Cristina Lamothe, Eugenio Schcolnicov. Escenografía: Mariana Gabor, Paola Sigal. Iluminación: Claudio Alejandro Del Bianco. Diseño de vestuario: Paola Delgado. Realización de objetos: Lucia Costantino. Música: Ariel Obregon. Letras de canciones: Ignacio Bartolone. Diseño: Daniela Rizzo. Fotografía: Agustín Suárez Pumar. Asistencia de vestuario: Belén Biniez. Producción y asistencia de dirección: Inés López Vicente. Coreografía: Carolina Borca. Dirección: Ignacio Bartolone. Teatro: La Casona Iluminada.












[1] Ignacio Bartolone comenzó su formación como dramaturgo con Alejandro Acobino y posteriormente egresó de la carrera de dramaturgia en la E.M.A.D (Escuela Metropolitana de Arte Dramático). En 2011 estrenó Turbia, bajo la dirección de Lorena Vega. En 2013 obtuvo una mención en el VIII Premio Germán Rozenmacher de Nueva Dramaturgia por su obra La piel del poema. En varios proyectos colaboró con Alejandro Tantanián como asistente de dirección; actualmente cumple ese rol en La Fiera, escrita y dirigida por Mariano Tenconi Blanco.   







miércoles, julio 10, 2013

La Hora Azul. Un Cabaret de Alejandro Tantanian


(…) El tiburón no mata por hambre ni para defender su cría. Mata.

Pero el tiburón lleva los dientes en la cara: es más inocente.
(B. Brecht)1

No es la primera vez que el dramaturgo Alejandro Tantanian incursiona en la historia política argentina; un texto como Muñequita o Juremos con gloria morir es, podemos afirmar, una de sus obras paradigmáticas en busca de un sentido, de una comprensión de nuestras batallas y nuestras miserias. Esta vez además utiliza una estructura provocadora desde el género: el café berlinés, para transformarlo en un café concert criollo que expone no sólo las turbias historias de sus integrantes sino también la relación con un contexto inmediato: el papa Francisco, Macri, la presidenta, el innombrable riojano, se suceden en un discurso que no se priva de construir personajes que van desde la ingenuidad a la desfachatez, del lenguaje poético y dulce de algunas canciones, a la gestualidad escatológica y la lengua procaz. La mención a Mackie Cuchillo, nos introduce en la poética brechtiana y en sus procedimientos: música, humor, sensualidad, ruptura de la cuarta pared; actores que entran y salen de sus personajes con naturalidad y una interpelación al espectador que lo obligue luego del divertimento a pensar en el compromiso común con lo sucedido, en la responsabilidad de todos en la construcción de un mundo donde la muerte sin sentido es el sentido último. La irreverencia de la puesta busca quitar la máscara de aquellos que ofenden nuestra inteligencia con sus discursos y hacerles por lo menos desde el lugar del arte, mostrar los dientes que ocultan cada vez menos, porque cada vez les crecen más. Actores y actrices que además cantan para crear el clima que desde su voz y con la exhibición de sus cuerpos, nos retrotraigan a una escena propia del cabaret, aquel lugar que se atrevía desde el humor escatológico, y desde la parodia decir unas cuantas verdades atragantadas en las gargantas de todos, y algunas ignoradas; como en este caso la cualidad de terrorista de derecha del periodista ‘militante’, Mariano Grondona2, un periodista que deja sin escrúpulos dejar crecer sus colmillos.3. Mención que sirve para contextualizar en el día a día la puesta y homenajear desde la parodia en su día al periodismo ‘comprometido’, como contracara de la otra figura representativa de la revolución jacobina, el primer cuerpo desaparecido de nuestra historia, el otro Mariano, el director de La Gaceta de Buenos Aires, Moreno. El grupo de actores /cantantes /bailarines tienen una doble puesta en abismo frente a un espectador que ve el trabajo en el escenario del cabaret y por otro lado ve, el revés de la trama cuando es testigo de las relaciones que los involucran. Es decir, el cuerpo del actor es a la vez el cuerpo del personaje que a la vez va a encarar un personaje en escena; una secuencia que no en todos se logra con fluidez. Nada falta en este cabaret criollo, desde la calidez de compartir una copa de vino mientras alguna corista provoca al público masculino, hasta su maestro de ceremonia que le imprime un dinamismo especial. Ernesto Donegana fue el alma de este proyecto teatral independiente, en cooperativa, y logra darle al espectáculo el frenesí de la noche porteña: bailarinas, prostitutas, un secretario que parece estar paralizado por su temor al maestro y sin embargo puede cantar y muy bien, un músico de apariencia andrógina, además de tener a Tantanian detrás de la barra con brevísimos comentarios. En un vestuario impecable - puntillas, plumas y algo de brillo- la sensualidad del color negro se apodera de la noche, el desplazamiento de los personajes femeninos por todo el espacio de la sala / salón no solo hace que modifiquemos nuestra pasiva ubicación sino que además nos involucra como parte del espectáculo y como partícipes de la temática, quizá con un gran deseo compartidos por todos para que la Argentina no se convierta en un gran cabaret azul y blanco. Si este género teatral / musical tiene como una doble condición: por un lado, muchos son los que disfrutan del humor ácido que se plantea desde el espacio lúdico y, por otro, a otros pocos tendría que realmente incomodarlos. La Hora Azul… cumple su objetivo y el público disfruta del evento, ojalá logré molestar a aquellos que en el pasado reciente y en la actualidad han naturalizado ridiculizar nuestra identidad nacional.









La Hora Azul. Un Cabaret. Dramaturgia: Alejandro Tantanian. Con (por orden alfabético): Valeria Antón, Marcela Arza, Ernesto Tuqui Donegana, Flora Ferrari, Merlina Molina Castaño, Marienn Perseo, Pablo Vanella. Barman: Matías Pablo Castelli. Camarera: Julieta Zoccola. Músico: Leonel Caligiuri. Coreografía: Merlina Molina Castaño & Valeria Antón. Música original: Leonel Caligiuri. Diseño de arte, espacio escénico y vestuario: Zoe Di Rienzo. Iluminación: David Seiras. Producción ejecutiva: Ernesto Donegana - Gisel Robles. D. G. estudiopapier. Prensa: Silvina Pizarro & Carolina Reznik. Asistencia de dirección: Gisel Robles. Dirección: Ernesto Donegana. La Casona Iluminada.



https://www.facebook.com/horaazul.uncabaret

https://www.facebook.com/lacasonailu










1 "Die Moritat von Mackie Messer" ("La copla de Mackie el Navaja") es una canción compuesta en 1928. La letra es de Bertolt Brecht, y la música, de Kurt Weill El año siguiente, 1929, la incorporaron a «La ópera de los tres centavos» ("Die Dreigroschenoper”), obra de teatro de Brecht con música de Weill. "Moritat" es una palabra alemana que significa literalmente "hecho de muerte". Como forma poética y musical, la moritat es un tipo de canción medieval que trata sobre alguna matanza real o ficticia, cumplida o frustrada, sea narrando los hechos del verdugo o el escape de quien iba a ser víctima; puede que al final se refiera la captura del verdugo y su destino último. La letra de la canción dice así:

Y el tiburón tiene dientes
Y los lleva en su rostro
Y Macheath tiene un cuchillo
Pero el cuchillo no se le ve.

Un bello y azul domingo
Yace un hombre en la Strand
Y un tipo dobla la esquina
A quien llaman Mackie Navaja

Y Schmul Meier sigue desaparecido
Como algún ricachón más
Y su dinero lo tiene Mackie Messer
Al que nada pueden endosarle.

Jenny Towler fue encontrada
Con un cuchillo en el pecho
Y ahí va Mack el Navaja por el muelle
Que nada sabe de todo esto.

Y el gran incendio en el Soho
Siete niños y un viejo
En el mogollón estuvo Mackie Messer
Al que nadie pregunta y nada sabe

Y la viuda menor de edad
Cuyo nombre todos saben
Se despertó y fue violada
Mackie, ¿Cuál fue tu precio?

Y algunos están a oscuras
Y otros a plena luz
Pero solo se ve a los que les da la luz
A los que están en la oscuridad no.

Traducción, Maite Jiménez



2 En su libro El Doctor, Martín Sivak describe en una biografía no autorizada, la vida de Grondona luego de investigar profundamente cartas, documentación, testimonios. El libro cuenta la vida de Grondona que es al mismo tiempo un relato de la relación entre periodismo y poder desde el golpe del 55 hasta la presidencia de Kirchner. Así surge un Grondona dirigente estudiantil y comando civil, seminarista, funcionario, profesor de militares. También un hombre de familia y el descendiente de inmigrantes y sobre todo sus roles en la última dictadura militar: asesor de la Fuerza Aérea, prensa de Martinez de Hoz, analista de la embajada de EE.UU, representante de la Patria Financiera. Su compleja relación con Bernardo Neustadt, su cátedra, su trayectoria a veces progresista y otras veces amarillo.



3 Léase para dar crédito a esta afirmación  su editorial en defensa de los militares presos por lesa humanidad en La Nación 16/10/11.











Related Posts with Thumbnails