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miércoles, julio 10, 2013

Continente Viril (2001) de Alejandro Acobino



Acepto el lenguaje del actor, su dramaturgia pero también les presto mucha atención a momentos que no son los que un actor llama los momentos del laburo. Esos momentos que no están necesariamente en los ensayos, sino en otros contextos. Y esto el actor suele no valorarlo. El lenguaje de una obra puede estar disperso por todas partes, incluso en el lugar menos imaginado: paseando o tomando mate con amigos
(A. Acobino)


Alejandro Acobino escribe Continente Viril y la presenta al concurso de “Nueva Dramaturgia” Germán Rozenmacher1; luego de premiada va a formar parte de una edición de Libros del Rojas, en su versión trilingüe, castellano, inglés y francés. Como se afirmaba entonces para facilitar la difusión de las piezas argentinas en contextos internacionales. La década del noventa había producido una pléyade de dramaturgos que buscaban en la expresión teatral una experimentación desde la forma que leída desde hoy se nos presenta como una posición de carácter político más allá de un discurso que parecía entonces no comprometido con lo social; entre ellos Alejandro Acobino, que había formado parte del ya legendario grupo el Caraja-jí. Sin embargo, la escritura de Acobino en esta obra dramática aborda sin metáfora ni rodeos, una sucesión de  temáticas que parecían poco abordadas desde ese lugar. El desplazamiento de los militares del proceso, la defensa de la nacionalidad en las frías tierras antárticas, la guerra de Malvinas, y la guerra más oscura entre dos tipos de identidades opuestas, la de la obediencia debida, y la de defensa de la libre expresión; militares y científicos. La puesta bajo la dirección de Virginia Lombardo respeta el texto de Acobino hasta la última palabra, recreando junto al autor, el contexto que los estertores de la década del noventa había dejado y los traumas que habían constituido en ella a toda una sociedad2. Continente Viril expone en cada uno de sus personajes las bajezas que los identifican de acuerdo a su función social; en cada uno aparece como rasgo distintivo: el solipsismo que nos hace una sociedad atomizada, dividida según intereses que aunque parezcan prioritarios para todos, guardan razones inconfesables. Si bien el contexto hoy es otro, en cuanto a la información y el lugar que ocupa la defensa de los derechos humanos y los militares, no deja de tener vigencia, su despiadada muestra de la soledad social que nos aborda, ante la lucha que se establece en todos los estamentos, de la persecución de intereses personales; la indiferencia, y la supervivencia por sobre todas las cosas como   un leit –motiv recurrente. Nos cuesta mucho como conjunto social pensar en un ‘nosotros’ inclusivo, que no excluya al diferente dentro de un proyecto común; producto de nuestra posmodernidad indi- gente como afirma Jorge Dotti3. El miedo a formar parte de un colectivo nos lleva a exacerbar nuestra individualidad; que además se niega a sí misma. La obediencia debida y la idea de una nacionalidad para pocos se filtran en el  dispositivo escénico, pues con algunos elementos crea el especial ambiente, árido y frío,  que necesita la represión y las bajas temperaturas. Con viejos trastos, como residuos de un tiempo pasado que ha queda suspendido en la gélida noche polar y en nuestra memoria colectiva. Al inicio solo hay una simple gotera en el medio del espacio lúdico pero con el desarrollo de la acción dramática se irá multiplicando. Quizá para dar cuenta de una forma de tortura psicológica: la gota de agua, aunque también está presente otra forma de tortura física: la temida picana. A modo de contrapunto, el juego de truco o la transmisión radial es un respiro para el espectador y, de este modo, entre momentos de tensión y de humor se van construyendo el relato. Tal vez si la duración real de la obra fuera menor ganaría en intensidad. Las actuaciones con algunos altibajos pero con un sargento que con su gestualidad le agrega algo de calidez a la historia, porque acaso formó parte de aquellos hombres que hicieron la conscripción cuando otro remedio no les quedaba. Pero que al mismo tiempo guarda una sumisión de clase que lo hace obedecer como único modo de supervivencia en ese mundo de verticalismo extremo, donde las órdenes se ejecutan no se discuten. Labil surco entre el acatamiento al deber y la tranquilidad de no ser totalmente responsable de los acontecimientos, donde la variable ausente es la libertad responsable. Un universo violento y oculto, donde el poder lo tiene el menos capaz; cuatro hombres y una lamentable realidad: la dictadura cívico militar llegó hasta los confines de nuestro territorio.





Continente viril de Alejandro Acobino. Elenco: Sebastián Dartayete, Pablo García, Gustavo Castellano, Santiago Rodríguez. Música: Mariano Cossa. Escenografía y vestuario: Lucila Rojo. Iluminación: Brenda Bianco. Diseño de movimiento: Federico Howard. Producción: El elenco. Prensa: Tehagolaprensa. Gráfica: Verónica Rodríguez. Asistente: José Mancera. Dirección: Virginia Lombardo. Teatro: Belisario/ Club de Cultura.











1 “A 30 años de la muerte de Rozenmacher (1936/1971) y co-organizado por el Festival Internacional y el Centro Cultural Rector Ricardo Rojas de la Universidad de Buenos Aires, el premio ha sido concursado por segunda vez, con excelente resultado” (solapa de la edición del Rojas) El jurado que le otorgara el segundo premio, el primero fue obtenido por Sergio Boris con su pieza El sabor de la derrota, estaba integrado por Jorge Dubatti, Mauricio Kartun y Daniel Veronese.



2 En la puesta que llevaron adelante Los Macocos en 2004, dirigida por Javier Rama, a diferencia del texto de Acobino el científico es abandonado en la nieve para que muera congelado, los papeles de su descubrimiento se los entrega al empleado administrativo, Perrupato, pero éste los tira a la basura y el coronel Meléndez es liberado y asiste al teatro, es decir, se refugia en la platea para confundirse con los otros espectadores. La semántica de la puesta daba cuenta de la desilusión que habían producido no sólo la ley del indulto, sino además  de la complicidad civil que guarda entre sus filas al coronel prófugo.


3 «el individuo es esta simple apariencia, sin que sea necesario ni conve-niente postular, por detrás de tal presencia efímera, ninguna subjetividad sustancial identidad' constitutiva. La sociabilidad posmoderna se constituye así como simulacro, como artificialidad que prescinde de sustentaciones esencialistas.» (Jorge Dotti)





sábado, junio 16, 2012

Hernanito Pieza esquizo–industrial de Alejandro Acobino


"Más que la locura, lo que me inquieta son los extremos de la mente. O sea, cuando la mente se desata y se transforma en una especie de caballo desbocado. Mi interés sobre el tema de la locura es antes como persona que como dramaturgo. He visto alrededor mío a mucha gente destruirse o llevar a la catástrofe muchas cosas por una especie de empecinamiento u obsesión mental muy difícil de comprender." 
(Alejandro Acobino)1
  
Dos mundos, el mundo fabril del obrero metalúrgico y el del artista devenido pequeño empresario de una pymes que lleva adelante la producción de piezas para la industria. El problema de clases en el mundo de la pequeña burguesía, que quiere ser y parecer alguien con un destino cierto, incursionando desde la incipiente propiedad de una fábrica, en la sociedad ordenada y calificada; un actor social, Juan Jorge, (Rodolfo Demarco) con pretensiones de más, de ascenso, olvidando un pasado de bohemia como herencia que sólo le trae malos recuerdos. A ese universo escindido llega el otro necesario para la realización del deseo, Salinas, (Fernando Donet) el obrero evangelista, que va a poner en acto la realización de la empresa con su conocimiento adquirido en la experiencia heredada de su padre. Dos personajes de mundos antagónicos, que intentarán armonizar la necesidad en la convivencia obligada entre patrón y empleado. Al conocimiento académico que Juan Jorge exhibe con pretendida solvencia para lograr la admiración de Salinas, éste último responde con la sabiduría de lo aprendido en el hacer, desde el minimalismo de su discurso, con la exactitud de aquél que dice lo que sabe. El espacio oficina, bunker de Juan Jorge, esconde un secreto que lo atormenta, el resto del espacio es el habitat de Salinas, máquinas y herramientas, el baño donde se cambia, el banco donde ejerce su oficio. El mundo del teatro de varieté, con su rutina de ventriloquia, es el legado artístico del padre del devenido empresario y su muñeco, Charulo, que adquiere para su atormentada vida, características humanas. Su esquizofrenia divide su personalidad en dos, y el muñeco no es tal, sino el otro yo de su conciencia escindida, o su “hernanito”, que dice aquello que no quiere escuchar. Desde un hiperrealismo que llega al extremo de que el espectador escuche el fluir de la conciencia, junto al ruido de la maquinaria productora, y la música que señala además las diferencias culturales de ambos, Alejandro Acobino nos sumerge en el mundo mínimo de los personajes y en la enfermedad que supone un alma torturada. La puesta sorprende porque finalmente el encuentro personal que caracteriza al género, tiene mayor fuerza en el desdoblamiento de Juan Jorge, en su voz y la de su alter ego Charulo. El espacio escénico es amplio y a la vez lúgubre, la iluminación delimita el desplazamiento de ambos personajes y el ruido de las “máquinas” subraya la dificultad de un diálogo entre dos mundos distintos y opuestos. Si la ventriloquia se realiza mediante el diálogo entre el actor y su muñeco aquí Charulo adquiere vida propia en una relación de amor y de celos con su hermano Juan Jorge. A través de un diálogo que tiene poco de cómico o de sarcasmo, sino más bien de cierto pesimismo y de mucha melancolía. Es interesante el aporte de los momentos de ventriloquia que genera una doble ilusión, momentos de metateatralidad en que un personaje parece darle la palabra a otro, y este otro (Charulo) busca con “su mirada” de manera frontal la complicidad del público. Personaje de apariencia espectral, ni humano ni muñeco, y a través del cual se logra el clima de confidencias que requiere la acción dramática. Con profesionalismo ambos actores superan un pequeño inconveniente, quizá si la duración real de espectáculo fuera un poquito menos la atención del público sería constante.







Hernanito pieza esquizo–industrial de Alejandro Acobino. Actúan: Rodolfo Demarco, Fernando Donet. Diseño de iluminación: Marco Álvarez. Escenografía y vestuario: Rodrigo González Garillo y Amelio Cardozo Gil. Diseño y realización de Charulo: Rodrigo González Garillo. Diseño gráfico: Mariana Rovito. Prensa: Caro Alfonso. Director asistente: Ezequiel Delfino. Dirección: Alejandro Acobino. Sala No Avestruz.














1 Así se expresaba sobre su trabajo Alejandro Acobino en el artículo de Carlos Pacheco, que aparece en Lanacion.com, Espectáculos, 2/11/11, “Murió una figura destacada del off.” Alejandro Acobino nació en Buenos Aires, en 1969. Estudió  actuación entre otros, (con Susana Rivero, Miguel Pittier, Fabio “Mosquito” Sancinetto, Marcelo Mangone y en la Escuela Municipal de Arte Dramático) de la que egresó en 1998. Es egresado de la Carrera de Dramaturgia de la Escuela de Arte Dramático, donde estudió con Mauricio Kartun, Roberto Perinelli y Alejandro Tantanian. En 1996 integró el grupo Sucesos Argentinos como presentador en espectáculos de humor negro Sutilessen del mismo grupo. Integra el grupo Caballeros y Damas Negros, cuya obra Cuando los días se marchitan (luego llamada Marchita como el día) que fue dirigida por José María Muscari. En 1997 estrenó Volumen I, su primer trabajo como director y co – autor. En 1998 dirigió y escribió Plop! o nos vamos a pique…, estrenada en la Sala Emad. Además de teatro escribe narrativa y poesía. Participó en videos y cortometrajes para el CERC (Centro de Experimentación y Realización Cinematográfica) Su obra Continente Viril fue premiada con el “Germán Rozenmacher” de Nueva Dramaturgia en el marco del III Festival Internacional de Buenos Aires, galardón que tiene por objetivo estimular la producción de los autores argentinos menores de treinta y cinco años.







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