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miércoles, mayo 08, 2013

Daños colaterales de Roberto (Tito) Cossa


En Daños colaterales, su última pieza, el autor de Nuestro fin de semana, La Nona, Gris de Ausencia y tantos otros textos dramáticos que lo ubican en un lugar central del campo artístico del teatro, trabaja con los procedimientos del realismo reflexivo y su principio constructivo, el encuentro personal, para dar cuenta de una temática dura que conforma nuestra historia reciente de los últimos cuarenta años. Sin metáfora posible, con la crudeza de una certeza que nos abruma, el texto nos pone en aviso de la crueldad y el cinismo de ciertos personajes que nos circundan y que no podemos detectar por signo material alguno. La relación perversa entre la víctima y su victimario, va desplegándose a través de la intriga, que pareciera señalar ciertas huellas como posibles, pero que luego en un giro de 180º, enfrenta al espectador con una verdad que desnuda el alma de unos y de otros. Un triángulo que se expande porque involucra a muchos más actores de aquellos años aciagos, donde la vida y la muerte era solo la línea ilusoria de la casualidad o el deseo. La última dictadura militar es una temática recurrente en el teatro de los últimos años, desde aristas muy diversas: los grupos que intervinieron en lo político de aquél momento, la desaparición de personas, y el robo de identidades. Daños colaterales hace referencia a todos ellos, en la historia de una mujer y uno de sus captores, que ha sido violada en todos los sentidos, y a quien como último dolor se le arrebata el hijo de sus brazos. En el doble discurso del amor y el ocultamiento los personajes conviven en una mentira sostenida a costa de cualquier precio, inclusive la vida de los otros. Ficción que nos enfrenta con lo real histórico en su cara más oscura, y nos deja la posibilidad de rever, aún hoy, nuestra manera de mirar la realidad. Una ficción que todavía nos duele y en la cual el espectador queda implicado en la relación confusa de la pareja, de un amor difícil de entender. El espacio de la sala Teatro Abierto es reducido y la utilización de los recovecos, a través del desplazamiento de cada personaje, nos involucra física y emocionalmente extendiendo los límites del espacio lúdico. Aunque, al inicio y en otros momentos la iluminación amplia e intensa parece borrar la textura escénica al romper el clima que requiere la acción dramática. Una atmósfera intima, casi confesional, y de una tensión brutal donde las palabras incomodan. La dirección de Jorge Graciosi, produce una puesta respetuosa del texto dramático, potenciando el poder de la palabra sobre cualquier otro signo escénico; es decir, ilustra la dramaturgia, respetuoso de su poética realista.
















Daños colaterales de Roberto (Tito) Cossa. Elenco: Fernando Arman, Ana Ferrer, José María López. Ambientación escenográfica: René Diviú. Diseño de luces: Lautaro. Diseño sonoro: Mariano Cossa. Fotografía: Magdalena Viggiani. Prensa y Difusión: Duche & Zárate. Operador de luces: Leonardo Giardina. Asistente de Escenario: Santiago Carrizo. Producción Ejecutiva y Asistente de dirección: Rubén Sibilia. Dirección: Jorge Graciosi. Teatro del Pueblo. Sala Teatro Abierto.












martes, octubre 23, 2012

Los hijos de Rosas de Alejandro Bovino Maciel


Alejandro Bovino Maciel[1] estará presentado, en Asunción, en los próximos días su libro Teatro Político I, el cual está integrado por tres obras: El viejo señor Sarmiento, Los hijos de Rosas y La culpa de los muertos. En el prefacio el autor explicita, a partir del concepto de “teatro del desdoblamiento”, la intención de su escritura:

Al escribir estas tres obras en las que está presente el mecanismo del desdoblamiento de los actores pensé que también del lado de los espectadores se demandará otra dosis de conversión. Ningún público es inocente. Si una actriz […] asume repentinamente una nueva personalidad, totalmente diferente de la que venía desempeñando hasta ese instante, el público también deberá adherirse para aceptar este acto de conversión como un nuevo requisito para la representación. Por segunda vez deberá suspender el juicio de realidad y aceptar una nueva realidad en el argumento. En este juego de espejos, de imágenes y discursos que se cruzan frente a nosotros, el complejo fenómeno de eso que llamamos “realidad” se transforma en un cuestionamiento a los sentidos, a nuestra propia realidad como lectores, como espectadores, como intérpretes y participantes de la obra mayor que es el teatro de la vida. (2012: 9)
Bovino Maciel se atreve nuevamente, como en el anterior estreno La culpa de todos los muertos[2], a tratar temas profundos que ponen en cuestión determinadas conductas naturalizadas de tal forma que ya no nos asombran. En el espacio escénico despojado – dos sillas que cambian constantemente su ubicación - el texto espectáculo funciona en distintos niveles. Por un lado, a partir del núcleo duro de la historia, un acontecimiento real ficcionalizado - un asesinato todavía impune ocurrido en una playa de Brasil, en 2006 - el tiempo y el espacio se expanden y se contraen volviendo siempre a este epicentro. Por otro lado, a partir de la metateatralidad y del puro artificio, dado por los ensayos de dos obras: Las madres de Eurípides y Los hijos de Rosas, se manifiesta el otro nivel de la historia, donde se ponen en cuestionamiento los límites, no siempre claros, de la justicia y de la ética social. En una primera mirada, desde lo universal a lo particular, la cuna del teatro occidental y algunas de las heroínas griegas, víctimas de la ira de los dioses y de la brutalidad de los hombres – la anciana reina Hécuba, Clitemestra, Andrómana, se plantea una línea:

Director: ¡Mató a tu hijo, Rosa! Mató a tu esposo.(Todo muy enérgico, casi  encimados los parlamentos que se cambian)
Rosa: Un hombre ruin, abyecto y astuto.
Director: ¡Al piso! Tiráte al piso.
Rosa: ¿Por qué?
Director:Para que sientas la fuerza de la tierra en tu desprecio, tiráte, Rosa Raisa. ¡Al piso, abajo, arrastráte carajo! (Grita la orden)
Rosa:¡Soy una reina!
Director: Eras una reina, ahora no sos más que una vieja humillada, ¡al piso! Los griegos hacían eso, cuando sentían algún dolor moral se arrojaban de bruces, Rosa Raisa, al suelo, al polvo. Ya empezaban a mezclarse con la muerte implorando a la Tierra. (Todo lo dice con furia)

Luego, la perspectiva cambia repentinamente y nos ubica en nuestra historia, en nuestro pasado reciente, a mediados del siglo XIX, centrándonos en la figura tan discutida y contradictoria de Juan Manuel de Rosas y un secreto a todas voces: sus hijos con la criada Eugenia Castro, “la cautiva”. Figura que el revisionismo histórico intenta correr de la mirada clásica que lo ha demonizado:

Director: Deberías acercarte con más cuidado, aunque Manuelita y vos son hermanos, son de distinto rango, ella es la hija reconocida, la hija que Rosas le presenta a todo el mundo, casi una canciller del gobernador. Vos sos el hijo de la Cautiva, el que mantiene escondido.
Adrián: Un bastardo, ¿no?

Director: Peor que eso: sos la vergüenza de tu padre, él es un hombre importante y la gente decente no anda teniendo hijos con los criados.

Manuelita:¡Pero es mi hermano!

Director: Sí y no. De puertas adentro son hermanos, de puertas afuera vos sos Manuelita la hija oficial de Rosas y él es el hijo de la criada, ¿se entiende?

Manuelita:No.

Director: ¿Qué es lo que no entendés, Lucía?

Manuelita: ¿En qué se diferencia la conducta de un hermano normal de un hermano así? (Con crudeza y voz muy firme)

Mientras el punto de partida y de llegada es nuestra actualidad, estos saltos temporales, a partir del discurso verbal, nos envuelven a partir de los diferentes cuestionamientos: la arbitrariedad, la institución del matrimonio, la “categoría” de bastardo o legítimo, el costo de sostener las apariencias,… El tratamiento espacial, a partir del desplazamiento de los personajes, es otro acierto de la puesta en escena que, necesariamente, también involucra al espectador. Espacio ficción que se expande hacia las butacas y hacia los recovecos por detrás del espacio escénico, un camarín a cada lado, lugar en que los diferentes personajes esperan su turno en el ensayo correspondiente. Las buenas actuaciones, con algunos altibajos por parte de los más jóvenes, le otorgan al hecho teatral el clima necesario para el desarrollo de la acción dramática que el texto primero requiere. En especial, Mauricio (Federico Alí), el director en la ficción, le imprime el ritmo, la energía particular y la obsesión por el teatro a partir de sus tonos y de su gestualidad corporal, sin duda el alter ego del escritor. El personaje ausente, Ramiro, se construye a partir del discurso de los otros personajes, hijo de Rosa y Aníbal, el joven nunca ha trabajado y durante sus vacaciones en Brasil su violencia no encuentra límites: un desolador producto de nuestra sociedad. El espectador percibe, a nuestro parecer, que a este canevá teatral lo hemos confeccionado entre todos, porque en mayor o menor medida la historia nos une con siglos de violencia y actos atroces que nunca, lamentablemente, recibirán por parte de la justicia y de la sociedad su real castigo. Quizá en última instancia, Los hijos de Rosas, es más que un relato que incluye tres micro-historias sin un cierre, es la propuesta de un teatro comprometido con nuestra memoria colectiva e individual que intenta que no se adormezca en “el teatro de la vida”.













Los hijos de Rosas
de Alejandro Bovino Maciel. Elenco: Federico Alí, Vanina Cavallito, Juan Matías Grassi, Juan Manuel Romero, Claudia Elena Villa, Mariana Medina. Diseño sonoro: Malena Graciosi. Realización: Malena Graciosi, Alexis López. Diseño de luces: Lautaro. Operación de luces: Oscar Canterucci. Asesoría de vestuario: Miguel Pencieri. Diseño gráfico: Anahí Afriol. Fotografía: Pascual Glauser. Prensa: Alicia Accinelli. Producción ejecutiva: Pilar Ortiz. Asistencia de dirección: Belén Muñoz. Dirección: Jorge Graciosi. Teatro del Pasillo.












Bovino Maciel, Alejandro, 2012. Teatro Político I. Asunción: Intercontinental (8-9)





[1] Nació en Corrientes, en 1956. Médico Psiquiatra, egresado de la UBA, y escritor. Trabajó 8 años junto al escritor Augusto Roa Bastos en Asunción, Paraguay. Docencia: enseño en la UCSA en Asunción, desde 1999. Cátedras de: Neuropsicología, Psicosemiología, Psicopatología, Semiótica del discurso publicitario. Actualmente dicta Curso de Actualización en la Universidad Nacional de Asunción: “Actualización en Género, violencia y psicopatología”.  Libros publicados: 1) “La salvación, después de Noé”, 1989. Cuentos y ensayos sobre temas de la Biblia. 2) “Los conjurados del Quilombo del Gran Chaco”, en co-autoría con: Augusto Roa Bastos (por Paraguay), Omar Prego Gadea (por Uruguay) y Eric Nepomuceno (por Brasil). Libro de relatos sobre la Guerra de la Triple Alianza (1865-1870) articulados en base a las observaciones realizadas en el teatro de operaciones por el cónsul británico y escritor sir Richard Francis Burton, 2000. 3) “El trueno entre las páginas”. Libro de conversaciones con Roa Bastos sobre temas políticos, literarios, biográficos. Con prólogo de Vladimir Krysinski, de la Univ. De Montreal. 4) “Polisapo” cuento en co-autoría con Roa Bastos. 5)  “La Bruja de oro” nouvelle infanto-juvenil. 6) “Prostibularias-1” en co-autoría con otros autores paraguayos y argentinos, 2002 7) “Diários de um rei exiliado”, novela sobre el viaje fantástico de João VIº de Brasil y Algarves, 1808 huyendo del avance de las tropas napoleónicas que invadían Lisboa, 2005. 8) “El señor es contigo”, un estudio del Feminicidio en Paraguay, 2005, co-autoría con Gloria Rubin. 9) “20 Poemas de humor y una canción disparatada”, en co-autoría con Pepa Kostianovsky, 2005. 10) “Culpa de los muertos” (novela sobre la dictadura militar argentina del ’76), 2007. 11) “Cuentos en la guerra y en la paz”, 2011.


[2] http://lunateatral.blogspot.com.ar/2011/09/culpa-de-los-muertos-de-alejandro.html




jueves, septiembre 22, 2011

Culpa de los muertos de Alejandro Maciel




La dictadura del ’70 funcionó en base a una distorsión de la conciencia colectiva; el silencio era saludable y cualquier expresión pública se convertía en delito. Nadie debía saber nada en ese extraño código de comunicación que establecieron los medios y las omnipotentes FFAA de la Nación.

(Alejandro Maciel)


La represión en la última dictadura cívico/militar es un tema que duele a flor de piel, a quienes sufrieron las consecuencias y a quienes no nos afectó directamente, pero nos marcó la vida para siempre. Alejandro Maciel1 se atreve a expresarse sobre una de las cuestiones más ríspidas, la relación entre la víctima y el victimario. Eduardo Pavlovsky, desde su teatro, Potestad (1987), Paso de dos (1992), entre otras, imprimía a los personajes represores su costado humano; para demostrar por un lado, que no son monstruos sino seres normales que hacían cosas monstruosas, y para advertirnos de que pueden estar al lado nuestro sin que nos demos cuenta; son hombres y mujeres a quienes un sistema perverso llevó a creer que cumplir órdenes, obedecer leyes de dudosa procedencia, y luchar contra el demonio del comunismo amparados por la mirada divina, dispensaba cualquier acción, por más horrorosa que fuera. Productos de un plan maquiavélico que quería cambiar un proyecto de país por otro, y que sabía que sólo podría lograrlo eliminando sin eufemismos a quienes desde el pensamiento o la acción se lo podían impedir. Asistir a la puesta de Culpa de los muertos es observar como ese planteo que llevaba a justificarlo todo, pudo en algunos interiorizarse y hacerse ley, y en otros en el contacto con la palabra y los sentimientos de las víctimas, romperse para por fin darse cuenta, quienes eran los unos y los otros. El planteo es valiente y duro, la estructura elegida le debe mucho al melodrama, género que habitualmente se lo considera de forma despectiva pero que es fundacional para muchos de nuestros géneros teatrales desde la gauchesca al teatro de tesis social2, como también para nuestra música nacional: el tango. Como en Las mil y una noches, el relato dentro del relato permite el milagro del nuevo día, y va diluyendo las fronteras entre represor y reprimido. Contar esta parte de la historia que es la menos transitada necesitaba de alguna manera una forma que la abarcara desde el sentimiento, la sensibilidad y la pasión. Porque en ese marco de horror en el cual se desarrollan las secuencias, de lo que se habla sobre todo es de la fuerza del amor para abrir los ojos y ver. Corrientes es el escenario de una historia chiquita, íntima que toma dimensión nacional por lo que implica en su sucesión repetida de acciones que se sucedían a lo largo y a lo ancho de nuestro país. Por eso quizá la letra manuscrita del programa de mano resulta intimista, aunque el tema nos involucra a todos. Una deslucida aula en algún colegio donde esta ausente el inocente griterío infantil, un pupitre destartalado y un pizarrón que por momentos funciona como la pantalla donde el espacio virtual es explicitado y unos pocos elementos más construyen el horror: un centro de detención clandestino. Candela Suárez López (Loisa) y Juan Manuel Romero (El Sargento) logran con su profesionalismo que la tensión y la violencia ejercida por el captor sobre la estudiante se sienta a flor de piel y, también, cuando comienzan a compartir sus confidencias un cierto alivio parece instalarse en el público. En el espacio real representado se reclama por un hijo que ha sido robado pero una nueva vida se gesta. ¿Casualidad? ¿Destino? La omisión en la “lista” de la joven secuestrada permitió que victima y victimario se unieran en una utopía en voz alta: un Mundo Mejor. La puesta también es valiente por exponer con claridad puntos oscuros, que se soslayan habitualmente porque el dolor que implica tratarlos aún es demasiado, nos sobrepasa, nos aturde con su verdad y nos impide el registro, sólo nos deja las lágrimas y la angustia de un vacío que formara parte siempre de nuestra identidad.





Culpa de los muertos de Alejandro Maciel. Elenco: Juan Manuel Romero, Candela Suárez López; en video: Julieta Fayart, Juan Matías Gras, Jorge Graciosi Alejandro Maciel. Escenografía: Camila Morvillo. Iluminación: Damián Monzón. Operador de Luces: Oscar Canterucci. Video y Asistente de Dirección: Claudio Ferraiolo. Fotos & Diseño Gráfico: Ignacio de Barrio. Prensa: Tehagolaprensa. Dirección: Jorge Graciosi. Teatro del Pasillo.










1 Alejandro Maciel es un médico psiquiatra argentino que no cree en el psicoanálisis. Es también un escritor que no cree en sí mismo como autor; y acaba de publicar la novela Culpa de los muertos (Editorial Rubeo, Barcelona, 2008) en la que describe la vida de cinco estudiantes de medicina de Corrientes, en la década de la dictadura militar de la violenta Argentina de los ’70. El autor vivía en Corrientes en la década del 70 y como el mismo declara, narra un escenario que conocía muy bien: “vivía en Corrientes en los ’70. (…) porque la paz romana era una apariencia en Corrientes. No faltó violencia ni represión: faltó información.” Alejandro Maciel, ha publicado también La salvación después de Noé, 1990; el capítulo argentino de la novela Los conjurados del Quilombo del Gran Chaco, con Omar Prego Gadea (Uruguay), Eric Nepomuceno (Brasil) y Augusto Roa Bastos (Paraguay), Alfaguara, 2001; Prostibularias (con Amanda Pedrozo, Luis Hernáez y Pilar Muñoz Romano), Ed. Servilibro, Asunción, 2003; 20 poemas de humor y una canción disparatada, con Pepa Kostianovsky, Servilibro, 2004. Es director de la revista~libro Palabras Escritas, semestral, editada por Servilibro.Por Culpa de los muertos hay una autor ausente, entrevista por Alina Muratori. Nota para la revista literaria Triena.

2 El teatro de tesis social, es un género de denuncia en el teatro que fue transitado entre otros por Roberto J. Payró y Florencio Sánchez quienes utilizaban los procedimientos melodramáticos para llegar más rápidamente al espectador, producir su empatía por el personaje, sujeto de la acción, héroe o heroína, y a través de la misma lograr el desenmascaramiento de los males de la sociedad o de sus verdades ocultas, oponiéndose de esta manera desde la dramaturgia al status quo reinante. La lucha entre el amor y el deber, la coincidencia abusiva que hace que todos los males recaían sin excusa sobre el personaje, el abandono desde la infancia por ejemplo, la pareja de amor imposible, que terminará en tragedia, el silencio y el secreto, son recursos que la puesta utiliza para adaptar la novela de Maciel. 









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