lunes, octubre 29, 2012

Sol de noche de Cristina Escofet




La sala Luisa Vehil, en el Teatro Nacional Cervantes, es el espacio donde la textura de una escritura, la de Cristina Escofet, la voluntad de una dirección, la de Francisco Javier y el talento actoral de Ingrid Pelicori y Rita Terranova construyen una puesta de profunda belleza estética en el ámbito entre la realidad y el misterio que la escenografía y el vestuario de Carlos Di Pasquo logran en conjunción al sonido de la mano de Federico Mizrahi y la iluminación de Fernando Díaz. La irrupción del mundo de lo concreto en la secuencia que Javier incorpora emulando el relato posible en el mundo de Anton Chejov en El jardín de los cerezos, rompe con el ritmo atemporal sugerido, ya que el texto primero habla desde una subjetividad que desnuda la incondicional búsqueda del amor, de la necesidad de ser para otro la fuente de un sentido. Un sujeto femenino complejo, con un alma que repliega sus secretos para dosificar su verdad hasta el límite justo donde la magia pueda aún continuar su juego necesario es develado en la doble presencia de los personajes que prefieren narrarse una historia a partir de lo imaginado, aunque sepan con claridad los ribetes de los hechos. La dramaturga incursiona una vez más en ese mundo femenino ni simple ni literal, donde la fragua del deseo corporiza desde la nada una historia, memoria a transmitir, recuerdo que poblado de ausencias, persiste con la solidez de lo real. Un relato cargado de prosa poética, atravesado por la categoría de género, que pone en acto un mundo individual pero colectivo en su problemática y su complejidad, el nunca acabado mundo de la mujer, en un ámbito particular, las islas del Tigre. En el límite entre lo real y lo imaginado, las actrices se mueven con fluidez en el cuerpo de sus personajes que son cada una el alter ego de la otra; las une el deseo sobre el mismo hombre, una historia tenebrosa en común sellada con el silencio. Desde el vestuario de época que contrasta con lo narrado, la mención a canciones a la vez que avances de la tecnología que no condicen con su apariencia, la puesta juega con la dicotomía que permite la suspensión temporal que se acentúa por el color crema y blanco de la escenografía. En ese pequeño mundo construido dentro de otro, ambas crecen en sus certezas y ahondan sus secretos, para expulsar la fatiga, el tedio y el dolor de lo siempre cotidiano. Francisco Javier elabora una acabada puesta en escena, que no deja lugar a fisuras, como un cuadro de excelencia pictórica que tomara vida para dar cuenta al espectador de todo aquello que puede imaginar al mirarlo pero que no se atreve a pensar. Para el director:

No siempre se puede rastrear el origen de una solución plástica concretada en el escenario pero eso mismo autoriza a argüir que, aun cuando no siempre se manifieste claramente, las artes plásticas forman parte de todo proyecto teatral desde la iniciación, e irrumpen en el escenario de una manera u otra. (1998)

Francisco Javier[1] no sólo tiene una extensa trayectoria en el ámbito teatral sino, además, en el ámbito académico - el Dr. Jorge Lurati, es actualmente Director del Instituto de Artes del Espectáculo, FFyL, Secretario Ejecutivo del Centro Argentino del ITI y forma parte del Profesorado de la Escuela de Posgrado, también de la FFyL- y a demostrado a lo largo de toda su carrera tener una sensibilidad especial y un estilo propio, tanto en relación con el dispositivo escénico como con los actores / actrices. Con ese profesionalismo le ha dado a la poética escritura Cristina Escofet un giro inesperado, teniendo en cuenta las anteriores obras estrenadas de la autora, quien afirma sobre la dirección de Javier:

Francisco Javier le dio un toque chejoviano, interpretando a mi juicio muy bien estas subjetividades típicas de los pueblos, donde la ambigüedad reina por sobre cualquier concreción posible. El secreto, y el dato anodino llevado a extremos demenciales son el condimento de estas vidas que giran no se sabe en una poética cotidiana, dado que todo se sobredimensiona o se calla, y a menudo, se inventa. Esa es la obra, y es mi mundo de infancia. Donde el episodio del dinero existió. Y donde el traje también. El realismo mágico no tiene mucha explicación y tampoco se me ocurriría intervenirlo demasiado con nada. Es así. Seres que de la nada se arman una vida. Y que nunca podrás desentrañar si el conflicto fue tal, o simplemente una necesidad de ese tiempo sin tiempo.

Sol de noche es el mundo onírico y misterioso de la cotidianidad isleña, donde la exuberante vegetación y la soledad del individuo se amalgaman sin resistencias. Este mundo poético se materializa, en el Teatro Cervantes, en la perfecta conjunción de todos los sistemas significantes y en la comunión de dos eslabones teatrales indiscutibles: Escofet / Javier.














Sol de noche de Cristina Escofet. Elenco: Ingrid Pelicori, Rita Terranova, Emma Ledo, Pablo Arias. Producción TNC: Lucero Margulis. Fotografía: Gustavo Gorrini. Diseño gráfico: Lucio Bazzalo. Asistencia de dirección: Marcelo Méndez. Diseño de sonido: Federico Mizrahi. Diseño de iluminación: Fernando Díaz. Diseño de vestuario y escenografía: Carlos Di Pasquo. Dirección: Francisco Javier. Sala Luisa Vehil. Teatro Nacional Cervantes.















Javier, Francisco, 1998. “El teatro y las artes plásticas” en Teatro y Aportes. Cuadernos de Teatro Nº 12. Julia Elena Sagaseta (comp). Instituto de Artes del Espectáculo, Facultad de Filosofía y Letras: UBA










[1] Reconocido profesor, escritor, investigador y director teatral, con más de sesenta puestas en escena realizadas. En los últimos años: “El herrero y el diablo” de Juan Carlos Gené; “La secreta obscenidad de cada día” de Marco Antonio de la Parra; “Los casos de Juan” de Bernardo Canal Feijóo; “La excepción y la regla” de Bertolt Brecht; “El argentinazo” de Dalmiro Sáenz; “La rosa de papel “de Ramón del Valle Inclán; “Investigación sobre el esperpento” realizada con estudiantes de la carrera de las Artes, 1991. Con el grupo "Los Volatineros": “¡Qué porquería es el glóbulo!” de José María Firpo; “Cajamarca” de Claude Demarigny; “¡Hola Fontanarrosa!” de Roberto Fontanarrosa. “El acompañamiento” de Carlos Gorostiza (gira por Suecia y Finlandia), 1993. “El corsario y la abadesa” de José Brene, 1992. “Casi no te conozco Buenos Aires” del autor Marcelo Grau, 1992. “Calé. Buenos Aires en camiseta” y “A lo loco”, creación teatral, 1993. Festival de Barcelona 1994. “El gato en su selva” de Samuel Eichelbaum. “A la griega” de Steven Berkoff, 1998. “Dibujo sobre un vidrio empañado” de Pedro Sedlinsky. “Huesos sangre piel alma” de Pedro Sedlinsky. Ciclo de Teatro por la identidad, 2001. “La caída de la casa Usher”, sobre cuento de Edgar Allan Poe, 2001-2002. “Novecento” del Alessandro Baricco, 2003-2004. “La vieja dama indigna”, de Bertolt Brecht, 2003-2004. Espectáculo invitado al Festival Internacional de Santa Marta, Colombia. “La prisionera”, de Emilio Carballido, 2003. “El informe del Dr Krupp”, de Pedro Sedlinsky, 2003. “Seda” de Alessandro Baricco, 2004. Régisseur de ópera en el Teatro Colón y el Argentino de La Plata: “Marianita limeña” de Valdo Sciammarella, “Le jongleur de Notre Dame” de Jules Massenet, “L'italiana a Londra” de Doménico Cimarosa, “Ollantay” de Constantino Gaito, “Hansel y Gretel” de Humperdink. Ha sido galardonado con los premios: Distinción Argentores - Impulsor de la Investigación Teatral. 2003. Premios Clarín, “Novecento” de Alessandro Baricco como mejor espectáculo 2003. ACE - Premio mejor director del circuito off por “La indigna señora B” de Bertolt Brecht, 2003. María Guerrero - Mejor director del circuito off por “Novecento”, 2004. Florencio Sánchez - Nominado como mejor Director del circuito off por “Novecento” de Alessandro Baricco. 2003. Mayores notables - Premio de la Honorable Cámara de Diputados. Por la trayectoria como Director, Investigador y Profesor de Teatro. 2004. [http://www.alternativateatral.com/persona2307-francisco-javier]










Poseídos entre lilas (1969/2012) de Alejandra Pizarnik




“Todo el mundo sonrió  y tomó el té sobre la roca, en el funesto crepúsculo, mientras aguardaban a Maldoror que había prometido venir con su nuevo perro. Entretanto,  la muerte cerró los ojos, y tuvieron que reconocer que dormida quedaba hermosa”.(1990, 25)


En el espacio de la UPB (Universidad Pública de Belgrano) se lleva adelante la puesta de la única pieza teatral que escribiera la poetiza Alejandra Pizarnik. En una versión que produce una interesante síntesis del mundo alucinado de la autora, y su problema con el afuera de la vida cotidiana, su director Alejandro Acuña devela el interior de una psique que temerosa de mostrarse crea en la literatura un ambiente de refugio pero también de creciente sofocación. De los cuatro personajes que componen el texto dramático, Acuña, reduce a tres actores la tarea del desdoblamiento de los personajes. Sólo Carl (Ana Palacio) es siempre ella misma, ya que Segismunda es a la vez Futerina, y Macho cumple su rol y también es el muñeco, -muñeca en el texto original- .Esta economía que también se expande al espacio escenográfico, construye una mirada que hace pasar su punto de vista por la lucha de Segismunda por retener a Carl pero sobre todo por lograr conectarse con la multiplicidad de seres que la habitan. La ventana que conecta al personaje con la vida real, no es suficiente para calmar la ansiedad de Segismunda ni para permitir que Carl deje de pensar en huir, en realidad irse de la cabeza de la primera con quien mantiene un duelo estético. El caballito de madera que sustituye al triciclo mecano erótico, participa de ese juego de oposiciones, ya que el personaje tiene las características físicas de una amazona, -botas de montar, pantalones, camisa y chaleco- pero conlleva en sí la dificultad de moverse ya que es también la otra, la que apenas luego del accidente puede movilizarse ya que no tiene piernas. La actriz Ana Pasulevicius logra dar cuenta con sus movimientos y su autoritaria manera de expresarse de esta contradicción, que desde lo físico señala la imposibilidad psíquica del escape. La reducción de secuencias que tiende a concentrar la intensidad dramática, no alcanza sin embargo para que en algunos momentos la tensión decaiga, aunque las actrices en su dueto logran nuevamente tomar el impulso necesario para la explosión expresiva. Pizarnik fue una poetiza compleja con un mundo onírico subyugante que daba cuenta de la fragilidad de su vida pero también de la fuerza de imágenes que poblaban un alma conflictuada como la suya, que buscaba a través de la palabra explicar el mundo y su propia intimidad. El espacio escénico, con muy pocos elementos, y la iluminación, que va recortando según lo requiere la situación dramática, crean el clima claustrofóbico y oscuro que del texto primero emerge. Tres personajes, seres que parecen estar por fuera del mundo cotidiano y que se desplazan en un no lugar, como en un laberinto que mientras se camina por él se va construyendo y destruyendo en el mismo acto. Las paredes y el piso de color negro, también, dan cuenta de un presente incierto, muñecas dispersas que actualizan un pasado quizá feliz y, a su vez, anuncian un futuro negado al común de los mortales. Un acierto de esta puesta en escena es alcanzar esa tensión entre la vida que retrocede y la muerte que avanza, tan propia del estilo poético de Pizarnik: “Carl: he vivido entre sombras. Salgo del brazo de las sombras. Me voy porque las sombras me esperan. Seg, no quiero hablar: quiero vivir” (1990, 115)
 







Poseídos entre lilas de Alejandra Pizarnik. Elenco: Ana Palacio, Ana Pasulevicius, Jorge García. Asistencia: Tamara Arce. Dirección y Adaptación: Alejandro Acuña. Auditorio UPB
















Pizarnik, Alejandra, 1990. Alejandra Pizarnik. Obras completas. Buenos Aires: Corregidor.



Encuentro Regional de Teatro Independiente | Conurbano Norte | 2012





Clase Abierta y Gratuita | 29 de Noviembre | 16 hs.






Selectivo Provincial de Teatro 2012 | Ushuaia


FAEL | Festival de Artes Escénicas de Lima | 2012




Manipulaciones III: El banquete Una aproximación teatral a El Matadero de Esteban Echeverría de Gastón Mazières



No quedó en el matadero ni un solo ratón vivo de muchos millares que allí tenían albergue. Todos murieron o de hambre o ahogados en sus cuevas por la incesante lluvia. Multitud de negras rebusconas de achuras, como los caranchos de presa, se desbandaron por la ciudad como otras tantas arpías prontas a devorar cuanto hallaran comible. Las gaviotas y los perros, inseparables rivales suyos en el matadero, emigraron en busca de alimento animal. Porción de viejos achacosos cayeron en consunción por falta de nutritivo caldo; pero lo más notable que sucedió fue el fallecimiento casi repentino de unos cuantos gringos herejes que cometieron el desacato de darse un hartazgo de chorizos de Extremadura, jamón y bacalao y se fueron al otro mundo a pagar el pecado cometido por tan abominable promiscuación. (E. Echeverría)


Como Borges en la “La noche de los dones”1 Starosta y su grupo el Muererío  cruza dos textos fundamentales de nuestra literatura; el relato de Esteban Echeverría “El Matadero” y  el poema  “La Refalosa” de Hilario Ascasubi. Cada una a su manera da cuenta del imaginario que la mirada unitaria tenía sobre los procederes del gobierno de Juan Manuel de Rosas y sus  acólitos, la chusma y la mazorca. No es casual que Borges tome estos dos textos fundantes para la construcción de su relato ya que su punto de vista se suma al de ellos. Estos textos fundantes de una sociedad que nace a partir de una violación y una muerte, marcaron a fuego las futuras interpretaciones de nuestra identidad nacional. Esta propuesta, la tercera que cierra una trilogía, por demás interesante, propone en un espejo retrospectivo la celebración dentro de la élite, de la generación del ’80, aquella que pone en acto lo enunciado en el ’37 por los intelectuales del Salón Literario, una nueva versión de la barbarie, una nueva figura de la víctima. Starosta invierte los roles, ejerce sobre los textos una lectura que se potencia con la distancia histórica. Una mesa que reúne a los descendientes de aquella tragedia y que en su desmesura, acusa la violencia de la fuerza del vencedor que toma como un juego de representación el relato anterior, y lo transforma en arma de juzgamiento y castigo. Starosta trabaja coreográficamente las acciones y visceralmente las expresiones de ese rencor que no cesa y que se descarga sobre el vencido, con la misma crueldad que aquella que narra el relato de Echeverría. De la literatura, al teatro, de la Constitución Nacional al Matadero, las fuerzas que mueven una oposición visceral son puestas en acción a través de la manipulación de los cuerpos como marionetas de un tabladillo levantado para mostrar y mostrarse al otro. Un otro que siempre es el enemigo a quien hay que humillar, dominar y destruir. Desde el soporte de la palabra al soporte de la imagen, la inversión del ejecutor de la violencia se da en los personajes que parodian el relato de Echeverría desde su condición de clase, pero llevan en sus ropas los signos inequívocos del adversario; mixtura que pone en acto nuestra condición, la feroz naturaleza de nuestros actos. El Centenario fue por otra parte, el escenario de otras barbaries para la élite de la oligarquía liberal, la que detentaban los inmigrantes y su ideología anárquica. Con la chusma federal podían jugar y fantasear desde la broma cruel porque sentían que habían dominado una estirpe, contra la otra, a la que temían aún más, libraban las primeras batallas. Contra esa nueva presencia los personajes en la puesta descargan en la mesa del Banquete toda su artillería verbal. El personaje de la francesa, exotismo de los hijos de la riqueza hacendada, recién incorporada, como en el tango2 venida a estas playas por amor a un argentino, es junto a la servidumbre el centro de la rabia. La atemporalidad de la puesta se ve atravesada por un vestuario impecable que nos traslada a la mitad del siglo XX y por una esquela que anuncia la no llegada del “coronel”; otro hito histórico donde la mirada de la élite vuelve a construir la barbarie en el diferente, el que proviene del interior del país, aquel que parece no cejar desde nuestros inicios, de acechar a la ciudad civilizada, empujando su límite hacia el centro de su corazón.  En ese banquete donde el objeto “alimento” es también determinante de una clase desde el relato de Echeverría, la chusma come entrañas; Starosta resuelve con un gesto propio de la élite actual la diferencia, cuando en vez de asado lo que la mesa de los poderosos consume es fruta, clave de época, para una élite que además de defender sus privilegios deja su marca en el cuidado intensivo de la salud y el cuerpo. Con un cuerpo en permanente desequilibrio3, que juega en su posibilidad del encuentro con otro cuerpo para establecer un eje, la compañía el Muererío da cuenta esta vez del cierre de una trilogía que comenzó en 2009 con Bacantes. El banquete es el reverso del espacio del matadero, -del lugar de la sangre y la muerte, habitado por la chusma federal, según la mirada de Echeverría-, el locus de la lujuria de la élite que contrapone culturas, la oralidad a la literatura letrada. El banquete, por otra parte, tiene desde Platón una relación con lo metafísico y lo carnal. En esta misma línea el texto de Leopoldo Marechal El banquete de Severo Arcángelo en sintonía con la puesta de Starosta, sitúa en el espacio de lo civilizado y lo culto la barbarie más infame, allí donde todo se confunde:

Algunas veces –comenzó a decir Farías- he pensado que la concepción del Banquete monstruoso, tal como se dio en Severo Arcángelo, sólo pudo cuajar en Buenos Aires. Porque Buenos Aires, en razón de su origen y de sus todavía frescos aluviones, no es una sola ciudad sino treinta ciudades adyacentes y distintas cada una de las cuales aprieta su mazorca de hombres y destinos en interrogación. Sólo un alma bruja como la de Severo Arcángelo pudo entresacar hombres y mujeres de tan diversos mundos, para unirlos en un collar armónico y sentarlos a la mesa de un Banquete que tanto se pareció a un aquelarre. (Marechal, 2001: 18)

Un texto espectáculo profuso, de una textura especial organizada a partir de este doble discurso verbal - corporal, que necesariamente requiere de un espectador atento. Manipulaciones, explicita a través de las imágenes auditivas y visuales, que en esta tercera obra alcanza una estilización y una productividad mayor, producto de la investigación llevada a cabo por su director sobre el dispositivo actor. Si en las anteriores propuestas - Bacantes y Tu cuna fue un conventillo - los personajes / marionetas estaban manipulados por titiriteros / actores, en El Banquete los personajes adquieren cierta autonomía en sus acciones físicas a partir de un equilibrio precario y dinámico. Siguiendo a Barba, hay un abandono:

…de un equilibrio cotidiano a favor de un equilibrio precario o extra-cotidiano que exige un esfuerzo físico mayor; que implica al cuerpo entero, pero este esfuerzo hace que las tensiones del cuerpo se dilaten y el cuerpo del actor nos parezca ya vivo antes de que el actor empiece a expresarse. (1990: 106)

Esta situación constante de precaria estabilidad permite, a partir del profesionalismo del elenco, que el desplazamiento o la inmovilidad sean, a la vez, coreográficos y viscerales. Inestabilidad orgánica que es ejercida sobre los personajes con violencia física y psicológica, con un elemento que parece unirlos, el vino, y que los transforma como en los rituales bacanales. Estas distintas manifestaciones de violencia están generadas a partir de la fuerza interior de cada actor / actriz. Pues, en esta alteración de su equilibrio corporal los actores se apoyan en su propio equilibro interno generando, a partir del tono muscular y de las sensaciones kinestéticas, las diferentes tensiones y fuerzas que emergen del texto dramático y adquieren una corporalidad propia en el espacio escénico. En esta dinámica esencial se producen múltiples sentidos y se disuelve la histórica dicotomía entre civilización o barbarie, ya que son fuerzas complementarias e ineludible - civilización “y” barbarie – para que el poder diseminado y anónimo de pocos se ejerza sobre muchos, “otros” a los que se les ha invisibilizado sus particularidades.













Manipulaciones III: El banquete obra original de Gastón Maziéres con fragmentos de El Matadero de Esteban Echeverría y La Refalosa de Hilario Ascasubi. Elenco: Moyra Agrelo, Diana Cortajerena, Sebastián García, Federico Pérez Gelardi, Luciano Rosini, y Claire Salabelle. Vestuario: Luciano Rosini. Música original: Adrián Vázquez. Diseño gráfico: Mauroliver. Prensa: Carolina Alfonso. Foto: Ceci Aiscurri | Palitos Chinos. Asistencia general y producción ejecutiva: Daniela Mena Salgado. Escenografía, iluminación, puesta en escena y dirección general: Diego Starosta. Producción: Compañía El Muererío Teatro.








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Barba, Eugenio – Nicola Savarese, 1990. “Equilibrio” en El arte secreto del actor. Diccionario de antropología teatral. México: Escenología: 106-126.

Marechal, Leopoldo, 2001. El Banquete de Severo Arcángelo. Buenos Aires: Biblioteca Argentina La Nación.










 


1 Jorge Luis Borges en “La noche de los dones” cruza el poema de Echeverría “La Cautiva” con la novela “Juan Moreira” de Eduardo Gutiérrez, o tal vez con el relato policial que da cuenta de la muerte del verdadero Moreira en el prostíbulo La Estrella a manos del sargento Chirino en 1874. Ya que en el cuento se confunde la entrada de Moreira con un malón de compadritos, lejana de este modo su figura al héroe romántico que construye Gutiérrez.

2 Griseta de 1924  con letra de José González Castillo y música de Enrique Delfino trabaja con la figura de la francesita venida  al país con triste final: Francesita/ que trajiste,  pizpireta, / sentimental y coqueta / la poesía del quartier / ¿Quién diría/ que tu poema de griseta / sólo una estrofa tendría:/la silenciosa agonía/ de Margarita Gauthier? Otro tango que también trabaja en el mismo registro es: Madame Ivonne de 1933, letra y música de Eduardo Ferreyra y Enrique Cadícamo.: Mamuasel Ivonne era una pebeta/  que en el barrio posta de viejo Montmartre, /con su pinta brava de alegre griseta/
animó la fiesta de Les Quatre Arts. /Era la papusa del barrio latino/ que supo a los puntos del verso inspirar. /Pero fue que un día llego un argentino / y a la francesita la hizo suspirar.

3 En la gacetilla de mano se puede leer a partir de que técnicas y procedimientos el grupo llega a elaborar la calidad de su trabajo: “Cuerpos manipulados por otros cuerpos, a la manera de un trabajo con objetos o títeres, donde el centro de gravedad y tensión se ubica siempre entre dos actores o más, provocando una lógica del accionar que se corre de la individualidad. Desde un punto de vista técnico, correrse de la individualidad performática es construir un equilibrio que se organiza cuando el peso de un cuerpo está distribuido entre el propio centro y uno o varios apoyos (…) El trabajo sobre este dispositivo de actuación de manipulación se fue desarrollando y transformando desde el inicio, a partir de unas tímidas pruebas con el mismo en mis clases del año 2006, hasta este presente como materia formal para las obras, las posibilidades y definiciones técnicas que posee, y que voy descubriendo gracias al trabajo de mis actores son muy variadas, y por lo tanto, están en continúa evolución.”






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