jueves, octubre 17, 2013

Acerca de Discépolo. Adaptación de Sergio Rower y Gustavo Manzanal sobre momentos de Mateo, Cremona y Stéfano de Armando Discépolo




El grupo Libertablas[1] cumple 35 años de fecunda labor dentro del teatro para niños y adultos, y los festeja regalándonos dos funciones sobre un dramaturgo clásico de nuestro teatro, y su talentoso hermano; como espectadores que seguimos su trayectoria infinitamente agradecidos. De esta manera, teatro y tango – canción se aúnan en la puesta, para realizar la ligazón necesaria entre relato y relato, pequeños trozos de tres de los más conocidos grotescos de Armando: Stéfano, Mateo y Cremona. Con el juego metatetral de asistir a una clase magistral sobre el grotesco, crítica de por medio al Ministerio de Educación, con quien el grupo tiene años de relación en su trabajo en las escuelas y desde el humor, atravesando la cuarta pared, un Sergio Rower[2] acostumbrado a trabajar en el ámbito de la docencia nos propone la atención precisa para luego tomarnos un examen sobre lo expuesto. Para eso, junto al programa de mano, recibimos como souvenir, una hoja de papel y un lápiz, pero ya el juego de la ironía y la comedia comienza porque el lápiz no tiene punta. Un pizarrón, y unos dibujos sencillos, nos llevan de la mano por la historia del teatro universal, para que de ese viaje iniciático terminemos en un aterrizaje forzoso en el teatro nacional y en el género que es paradigma de nuestra subjetividad porteña, el grotesco criollo. Hijo del grotesco italiano de Pirandello y del sainete inmoral, se conjugan en su estructura dos de las nacionalidades constitutivas de nuestra identidad: la italiana y la española; ya que el sainete criollo deviene del español. Pero conjugando naciones y especies, el tango, desglosa en los escasos minutos que dura su pequeño drama cantado, a su manera, la misma nostalgia, el mismo dolor e igual desencanto en la poesía cruel de los versos de Enrique Santos Discépolo, hermano de Armando, tal vez más conocido que aquél para el espectador que recuerda como un himno nacional su famoso Cambalache. Esta clase extraordinaria, “por ser día sábado y sin goce de sueldo”, nos ofrece entrar en un mundo cuasi infantil. Espacio lúdico atravesado por hilos de nuestra historia y la inmigración europea, y por hilos de nuestro primer teatro nacional. Un canevas tejido con humor y creatividad por la frescura propia de ambos actores. Especialmente, Sergio Rower por su profesionalismo y por la pasión con la que lleva adelante su tarea artística y docente. La risa espontánea, las intervenciones de algunos espectadores y el aplauso constante no dejan duda a cerca que todos hemos participado del mundo onírico propuesto. La magia de las grandes marionetas – que el actor mueve por detrás como un doble o una prolongación de su propio cuerpo; el encanto de los títeres – que se convierten en una parte de su cuerpo con menos autonomía- y del caballito blanco de Mateo hacen el resto. El público sonriente después de terminar la obra se lleva en su memoria un pequeño retazo de Acerca de Discépolo como otro souvenir más.


Acerca de Discépolo adaptación de Sergio Rower y Gustavo Manzanal sobre momentos de Mateo, Cremona y Stéfano de Armando Discépolo. Elenco: Matías Rower y Sergio Rower. Dirección de arte: Alejandro Mateo. Música: Alberto (Chucho) Bonacera. Realización integral: Garabito, Juan Castillo, Andrés Manzoco. Puesta en escena y dirección general: Gustavo Manzanal. Producción: Matías Rower y Sergio Rower. Prensa & Comunicación: Analía Cobas y Cecilia Dellatorre. Teatro Del Pasillo.








[1] LIBERTABLAS surge como consecuencia de la búsqueda de una estética producto de interrelacionar el teatro de títeres, con el de máscaras y actores lo que genera un increíblemente amplio campo de posibilidades imaginativas. LIBERTABLAS es una cooperativa autogestiva integrada por no menos de 20 personas que desarrolla desde hace años una frondosa actividad que abarca no menos de 400 a 500 funciones al año, con una asistencia que ronda a los 300000 espectadores al año y más de 3200 escuelas en todo el país… Habiendo dirigido y coproducido a más de 18 Grupos del Interior a través de 28 años de trayectoria. http://www.libertablas.com.ar/libertablas.html
[2] La amplia trayectoria artística y social de Sergio Rower es tan dinámica que nos resulta casi posible realizar un recorte, por lo tanto, sugerimos visitar este sitio:



miércoles, octubre 16, 2013

Piedra sentada, Pata corrida. Farsa civilizatoria de Ignacio Bartolone




Lo que hace a Piedra sentada, Pata corrida un constructo escénico de inusual potencia es su capacidad para instalar teatralidad mediante la potencia del juego actoral, en los andariveles propuestos por una dramaturgia y una puesta escena desprejuicida que benefician ese carácter lúdico. Para poder ahondar en la comprensión de esa bacanal de teatro iremos degustando por partes, tal como proponen Los Lechiguangas, maestros de ceremonia de este particular rito de la cartelera porteña del 2013.     

 
Cuando lo histórico quiere transformarse en escena teatral emergen preguntas sobre el modo de abordaje de aquellos sucesos aludidos; variadas formas de pensar sobre este asunto se pueden rastrear en la historia del arte escénico local. Valga como ejemplo dramatúrgico el señalamiento a la recopilación titulada La carnicería argentina (2007), coordinada por Luis Cano, donde se pone en primer plano la paradoja de que esos acontecimientos del pasado, que llegan a nuestra percepción, lo hacen por intermedio de otros textos (documentos, narraciones, etc.) para luego transformarse en nuevas textualidades. Corolario: las reapropiaciones teatrales de lo histórico serán necesariamente intertextuales. En este sentido, Piedra sentada, Pata corrida opera como si se tratase de una inversión paródica del texto Una excursión a los indios ranqueles de Lucio V. Mansilla o Viaje al país de los araucanos de Estanislao S. Zeballos junto a la reapropiación escénica de una versión libérrima de la novela El entenado de Saer. La propuesta de esta puesta en escena juega con la posibilidad de existencia de una pequeña tribu (Los Lechiguanga) que habita los desiertos de la Pampa en una entrega conflictiva al malonaje y el canibalismo, luego de desmembrarse de la Toldería Mayor siguiendo un supuesto llamado del Gran Peludo (dios criollo de esta fracción araucana, cuyos designios persiguen). El dramaturgo atraviesa un vasto abanico literario (oculto pero presente), fruto de revolver el archivo cultural nacional en torno a la antinomia civilización versus barbarie, instalada en el imaginario cultural argentino. El remix de textos fundantes de nuestra literatura pareciera incluir: El matadero y La Cautiva de Echeverría, La refalosa de Hilario Ascasubi  junto a, sin dudas, Civilización y barbarie. Vida de Juan Facundo Quiroga, Aspecto físico, costumbres y hábitos de la República Argentina de D. F. Sarmiento. Al mismo tiempo, no deja de remitir a cuestiones más contemporáneas de ese imaginario como es la convivencia, en billete de curso legal, de dos íconos antinómicos de nuestra historia como Evita y Roca.    

En la propuesta que aquí nos convoca, una pregunta pareciera flotar en el aire: ¿hay ponerse serio para hablar de la Historia o desternillarse de risa sobre sus contradicciones? Esta segunda opción parece ser la que toma la puesta en escena de Ignacio Bartolone para el texto dramático de su autoría, Piedra sentada, Pata corrida. El diseño lumínico de Claudio Del Bianco, el vestuario a cargo de Paola Delgado y la escenografía que realizaron Paola Sigal y Mariana Gabor resumen, en conjunto y con pinceladas sintéticas pero efectivas, la construcción de la viñeta apropiada para que esta farsa adquiera el carácter presentativo y representativo que la puesta le exige; la mezcla de objetos “escolares” o de “teatro pasado de moda” con un carácter autoconsciente de su imposibilidad de representar aquello a lo que supuestamente refiere le otorgan el exacto punto de interacción en la propuesta de Bartolone. 

De igual manera, la actuación puede agruparse en composiciones que se distinguen entre la presentación y la representación distanciada. En el primer caso ubicamos a la notable construcción escénica de Juan Pablo Galimberti en su rol de El perro Faustino (quien a su vez asume la voz divina del Gran peludo, especie de Pie Grande pampeano, según acota el autor). La comunicación de Galimberti con el público es directa, íntima, cercana y cómplice. Con un manejo exquisito de la técnica clownesca logra  rápidamente empatizar con las y los espectadores desde un tono que cruza dialectos criollos para relativizarlos desde una performance flexible y receptiva.  El resto del equipo actoral trabaja sobre un carácter representativo no exento de distanciamiento y se apoya en el humor, de modo central, construido sobre una partitura física y textual precisa y medida. Dentro de este subgrupo podemos reconocer dos parejas. La dupla cómica de los dos jóvenes Lechiguanga, Duglas-Canejo y  Guai-mayen (interpretados por Eugenio Schcolnicov y Gustavo Detta, respectivamente), despliega físicamente las consecuencias de los excesos juveniles (el primero teme a sus sueños, parecidos a pesadillas, mientras el segundo evacúa palabras de cristiano luego de no resistir a comer una cabeza de blanco). Por otra parte, Lachigi-vieja (Cristina Lamothe) y Cacique Olorá-potro (Jorge Eiro) construyen la otra dupla cómica que estereotipa y parodia las relaciones de género al interior de la pareja heterosexual patriarcal (la incapacidad del poder ejecutivo a cargo del varón será cuestionado durante el desarrollo de la acción y será la mujer quien tomará el mando en esta farsa civilizatoria donde se propone con la posibilidad de una Cacique-mujer). Ambas duplas recurren, también, a gags y condensaciones clownescas en sus interpretaciones aunque sólo toman contacto directo con las y los espectadores a la hora de los números musicales, generando un efecto de distanciamiento en sus actuaciones. Por último, dentro del grupo de actoral que trabaja desde lo representativo, aparece la construcción dramatúrgica de un extranjero al sistema planteado por el autor: se trata de Luciano Ceballos (interpretación de Julián Cabrera que amplía el registro actoral con el que se lo pudo disfrutar en Sudado y engrandece su prestigio). 

Al interior del constructo dramatúrgico es este extranjero quien hace evidente la posición crítica del autor respecto de la autoproclamada superioridad de los “civilizados” españoles avenidos a las pampas cuando, por ejemplo, le describe a su amigo, Santiago, a la distancia, las características de las personas a las que denomina indios: “Y quizás, remataríamos nuestros prejuicios señalando que su cultura y desarrollo son mínimos en relación a los de otros pueblos, pues aquí no se ven observatorios astronómicos, pirámides funerarias o altas ciudades de piedra…”. A su vez, el personaje de Luciano, en el devenir de la acción, se transformará en La Cautiva y adquirirá un nuevo nombre (luego de su fallido intento de bautismo ateo a la tribu hallada). Luciano expresa “Mi nuevo nombre  es Ailín Chacón” y resume, en verso, su nueva posición identitaria masculino-femenina en el uso de la pollera pantalón. 

Y es que tanto en este ejemplo, que lo ilustra de modo más cabal, como en varios otros que atraviesan Piedra sentada, Pata corrida aparecen temas muy contemporáneos y cruciales de nuestro presente como nación: el cuestionamiento al binarismo de género, la posibilidad de la autopercepción identitaria tanto como la crítica mordaz a los roles genéricos establecidos, el machismo y las grupalidades androcéntricas. Figuras como la/el “Cautiva-varón” y el/la “Cacique-mujer” juegan sobre esta cuerda para darle un viento de contemporaneidad a esta farsa histórica. Invirtiendo aquella propuesta de las Misiones Jesuíticas cuya tarea se basaba en la evangelización a través de la moral cristiana, aquí Luciano Ceballos predica: “¡Lord Byron para todos!”, instalando una moral cuestionadora de todas las convenciones morales preestablecidas, libérrima y anárquica. Al mismo tiempo, apela a lemas presentes en la política contemporánea. En este ejemplo se evidencia, también, el desprejuicio para desplazarse por las asociaciones a las que se puede prestar la oralidad, lo cual nos permite observar otro rasgo dramatúrgico fuertemente combinado en el juego escénico del grupo de intérpretes: el lenguaje coloquial remite a un tono arcaico al mismo tiempo que instala referencias ancladas en el presente. Estas últimas tornan humorísticas expresiones tales como: “¡No sea fisura!”; “Come bicho que es usted”; “Dejá e´ flashar”; etc. 

Justamente es desde una oralidad degradada y bastarda que los Lechiguangas componen su lenguaje de exiliados: “somo la tribu invisible...  Desterrados de las tolderías por… salvajes nos digieron, condenados al desierto por… distintos nos digieron… y ahora… ahora erramos, erramos buscando, buscando… ¿Qué? ¿Que estamos buscando?”. Ese lenguaje incorrecto es el sistema que instala Bartolone como plataforma de juego a partir del cual su uso correcto (el que se ata a los preceptos de la Real Academia Española) se torna una invasión. Esto, unido a lo escatológico (elemento medular del género farsesco como tal), permite llegar a un punto central de Piedra sentada… que es su puesta en primer plano de los excrementos. El texto señala: “Guai-mayen comienza a defecar. Extrañamente lo único que brota de su cuerpo son palabras en castellano cristiano y posturas físicas amaneradas”. En la propuesta lúdica de Bartolone lo que separa civilización de barbarie es una zanja donde se depositan los deshechos, el detritus de esta fracción araucana que a la vez es límite y separación con lo extranjero. Nunca sabremos de qué lado de la misma está la civilización y de cuál la barbarie, la obra se detiene en esa zanja poco observada como si en esos desperdicios pudiera establecerse una reconstrucción arqueológica de las cicatrices de nuestro pasado. Las palabras, en tanto efecto de la defecación lechiguanga transforman términos centrales de nuestra historia nacional (“Soberanía”, “Federales” o “Rosas”) en detritus de una cultura ácidamente criticada. Vocablos de un lenguaje pretendidamente “civilizado”, cuyas aristas más sanguinarias se ponen en cuestionamiento.

La elección del género teatral no es casual ni menor para el tópico abordado. La farsa como tal remite etimológicamente a la sustancia muy condimentada que tiene por función rellenar una comida principal y darle sabor, baste recordar, por ejemplo su sitio de intermedio en los misterios medievales (Pavis dixit). Lo grotesco, su mezcla de lo alto y lo bajo, atraviesa al género en cuestión. Aquí la ingesta alimentaria y su evacuación son enfocadas con una lupa gigante. Las asociaciones a través de esta apuesta son variadas. Como lo en las mejores obras de Copi lo que los personajes llevan a su boca remite a lo impensable como alimento. La idea del canivalismo que trabaja Piedra sentada… permite cruzar ideas muy contemporáneas, mezcla de new age con reflexión política. El cacique, Olorá-potro, explica en un momento

“Lechiguanga, que come cabeza e´ blanco, adquiere su virtud… y su canto. La identidad cristiana  se hace piel, tiñe el cuero, de marrón a blanco, pellejo mestizo, miti y miti. Como Lechiguanga no tiene rancho… digiere y defeca en zanja, tereso blanco, transparente… Fantasma de sorullo. No se ve, pero se escucha, no abona la tierra pero siembra el progreso que se evapora con baranda… a pesadilla… civilizatoria… es real, e’ positivo pero sumamente fantasioso y perjudicial…”
Asimismo, el cuadro musical (con una pegadiza música de Ariel Obregón) reafirma la idea

“Soy aquello que me como… Como gaucho, cago en verso. Sueño oveja con cariño… Como inglés repito el anglo… si me desayuno un poeta mi  bosta… conmoverá (…) Me confundo con el medio… comiéndome a su entorno. Paso por china, criollo y gaucho, unitario refinado… los federales me saben a carne… nauseabunda (…) Y así… cambiando de identidad… ¡Nunca me conquistaran!”.
Lógica queer post-identitaria a la manera de un camaleón. El criollismo de la propuesta de Bartolone se camufla para sobrevivir y toma de los demás lo que le resulta funcional. Casi como una jocosa aplicación dramatúrgica del principio espiritual de moda si sucede, conviene el manoseo de la historia nacional que efectúa la farsa de Bartolone es camaleónica y trabaja, como Copi, con ciertos estereotipos de la cultura dominante para mezclarlos con lo más abyecto, mostrando sus caras menos visibles.
            Si, como afirmó Daniel Link, en el mundo de Copi “Dios es o puede ser transexual”, en el flamante mundo farsesco que despliega Piedra Sentada Pata corrida, Bartolone arriesga que lo divino puede tomar la figura de un perro kistch para afirmar que Dios es una falsa apariencia de orden para soportar el caos. Cristina Lamothe, Julián Cabrera, Gustavo Detta, Jorge Eiro, Juan Pablo Galimberti y Eugenio Schcolnicov logran ponerle el cuerpo a ese caos lúdico donde se les ve disfrutar del placer de la actuación, de un tipo de actuación que no descansa en saber que hay otras y otros detrás de una cuarta pared sino que les interpela directamente, buscando su complicidad para habilitar un juego humorístico pero profundo sobre la revisión de un pasado común que sigue interpelando el presente. Bartolone, desde la dramaturgia y la dirección, logra aunar con una poética definida y desprejuiciada la variedad de elementos que el mundo de Piedra sentada, pata corrida despliega en cada función, refrescando la cartelera porteña 2013 con aires juveniles, provocadores y altamente seductores. 






Piedra sentada, Pata corrida. Farsa civilizatoria [1]. Dramaturgia: Ignacio Bartolone. Actúan: Julián Cabrera, Gustavo Detta, Jorge Eiro, Juan Pablo Galimberti, Cristina Lamothe, Eugenio Schcolnicov. Escenografía: Mariana Gabor, Paola Sigal. Iluminación: Claudio Alejandro Del Bianco. Diseño de vestuario: Paola Delgado. Realización de objetos: Lucia Costantino. Música: Ariel Obregon. Letras de canciones: Ignacio Bartolone. Diseño: Daniela Rizzo. Fotografía: Agustín Suárez Pumar. Asistencia de vestuario: Belén Biniez. Producción y asistencia de dirección: Inés López Vicente. Coreografía: Carolina Borca. Dirección: Ignacio Bartolone. Teatro: La Casona Iluminada.












[1] Ignacio Bartolone comenzó su formación como dramaturgo con Alejandro Acobino y posteriormente egresó de la carrera de dramaturgia en la E.M.A.D (Escuela Metropolitana de Arte Dramático). En 2011 estrenó Turbia, bajo la dirección de Lorena Vega. En 2013 obtuvo una mención en el VIII Premio Germán Rozenmacher de Nueva Dramaturgia por su obra La piel del poema. En varios proyectos colaboró con Alejandro Tantanián como asistente de dirección; actualmente cumple ese rol en La Fiera, escrita y dirigida por Mariano Tenconi Blanco.   







lunes, octubre 07, 2013

Todo disfraz repugna a quien lo lleva | A partir de una selección de cuentos de Silvina Ocampo | Adaptación Alfredo Martín/Grupo Hipocampo


No conocen la felicidad de la venganza.
Me miro en un espejito;
desde que aprendía mirarme en los espejos,
nunca me vi tan linda.

(Silvina Ocampo, El sótano)


Silvina Ocampo es una exquisita narradora, no siempre reconocida como se debiera, es por eso, que llevar a la escena un conjunto de sus cuentos es ya un acontecimiento feliz. Su mundo nunca se propone llevarnos por una narración literal, realista o documental. Lo onírico, lo extraño, lo desmesurado forma parte de un universo en el que nos sumergimos fascinados y donde todo, sin embargo, nos parece absolutamente verosímil y cotidiano, hasta que la escritura desenvuelve el misterio de sus numerosas capas de profundidad y aquello común se vuelve oscuro y tenebroso. “Con su aire insidiosamente familiar, estos relatos deparan la vertiginosa experiencia del reconocimiento unido a la extrañeza.” (Pezzoni, 9) Las actrices del grupo Hipocampo, bajo la dirección de Alfredo Martín, conquistan ese universo de densidad absoluta, donde las palabras nunca dicen del todo, y donde lo no dicho tiene una tensión inquietante. “El sótano”, “Las fotografías”, “La boda”, “El asco” son algunos de los relatos que dejan correr la sucesión de acontecimientos en las voces de las actrices, que de insinuante a directivas pasan por todos los registros necesarios que el universo complejo requiere. Personajes femeninos de personalidad inquietante que ofrecen matices que construyen el mundo alucinante de la escritora, cuya presencia en el campo cultural de su época era la de un rara avis. Cada una a su tiempo y con un vestuario que recrea el imaginario de la lectura, las actrices en el cuerpo de sus criaturas, van contando en el espacio teatral con el cuerpo y la palabra el precioso continente literario, trasponiendo de un recorrido a otro la singularidad de un estilo que necesita como tiene en la puesta una mirada sesgada y profunda. Los flashes de Spirito  presente sólo en la voz de la narradora, que transmite en la descripción de la fiesta de Adriana su resentimiento hacia Humberta de una manera indirecta; le da así una especificidad diferente al relato, que nos distrae con la anécdota de los festejos y la situación de todos, con la muerte de Adrianita, cuando lo que quiere dejar en claro es que la que merecía ese cruel destino es otra. Por otra parte, cada personaje se expresa y se construye desde un discurso con peso específico propio. La venganza es uno de los temas que subyace a una lectura literal de la puesta, el otro es la soledad de todos, aún rodeados de gente, amiga o no; y por último, el destino cruel que toma diferentes formas y matices, que se esconde en la inocencia o la perversidad. Sola está la habitante del sótano, la amiga de Roberta cuando cumple un plan no premeditado por la envidia, pero consentido como un secreto validado por la amistad; sola está Adrianita con su enfermedad rodeada de gente que no puede ayudarla a vivir, o la novia en ese viaje de luna de miel, frustrada y frustrante. El uso del espacio tiene en la geografía de la sala Del borde un elemento que enriquece sus posibilidades; la escalera permite la entrada y salida a la extraescena, a ese mundo ocluido por el sótano. El vestuario con sus encajes y puntillas nos anclan en el mundo ficcional de Silvina Ocampo, un mundo suspendido pero a partir de la búsqueda de una belleza plástica, donde cada personaje femenino es una pieza irremplazable del puzzle dramático a partir de la poética de la escritora. Un tiempo que no nos pertenece pero las muy buenas actuaciones actualizan en un clima profundo y hermético, sólo dos personajes – del cuento “El sótano” y el narrador del cuento “Las fotografías”- parecen romper el espacio lúdico construido a partir de una corporalidad sumamente femenina. Cada actriz con sus desplazamientos, sus gestos y sus tonos ponen en escena una de las tantas miradas propias del universo de Silvina Ocampo1, otorgándole al hecho teatral una textura intensa. No es fácil, en la puesta hacer una relación directa con el texto primero, o mejor dicho con los diferentes textos primeros, pues el texto segundo se independiza y crea una obra poética en sí misma. La obra teatral construida sobre el lenguaje escrito de Ocampo se desdobla a partir de los distintos aportes de todo el grupo  de profesionales, apoyados en la investigación y en la pasión por el teatro.



Todo disfraz repugna a quien lo lleva a partir de una selección de cuentos de Silvina Ocampo. Adaptación: Alfredo Martín / Grupo Hipocampo. Elenco: Ana Paula Hartwig, Lucía Gómez Uriz, Florencia Horak, Yanina Florenzano, Loli Pérez Demaría; Mariana Grigioni y Victoria Rodriguez Montes; Vestuario: María Camila Fernández Polo; Escenografía: María Camila Fernández Polo y Grupo Hipocampo; Diseño Gráfico: Lailuka Multimedia; Iluminación: Alfredo Martín Fotografía: María Camila Fernandez Polo. Asistente de Dirección: María Julieta Prieto; Dirección General y Puesta en Escena: Alfredo Martín. Funciones: Domingos 20hs. Teatro Del Borde, Chile 630. Reservas 4300 6201.









Ocampo, Silvina, 1982. La furia y otros cuentos. Prólogo de Enrique Pezzoni. Madrid, España: Alianza Tres.









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"Los personajes de Silvina Ocampo callan con gusto [...] y cuando escriben, es para crear otra oscuridad, para tramar una impostura; más aún: para confirmar el carácter de impostura de todo lo demás. Pero si la escritura aporta más sombra que luz, es justamente por la conciencia que ella tiene de esta sombra que cumple con su misión reveladora. [...] La fuerza de esta ferocidad sutil reside en su tranquilidad y su impasibilidad mismas, idénticas a las de los niños, al punto de no excluir una mirada limpia y una sonrisa ligera. Una ferocidad que jamás se separa de la inocencia: inocencia máscara de la ferocidad, o ferocidad máscara de la inocencia. [...] hay un mundo femenino en el cual Silvina Ocampo se desenvuelve como en un continente oculto, un laberinto de prisiones individuales que rodea y condiciona todo lo que parece simple y evidente en las relaciones humanas, prisiones que el egoísmo edifica alrededor de nosotros mismos. Italo Calvino” (1999:2) Silvina Ocampo. Cuentos completos I. Buenos Aires: Emecé.








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