lunes, febrero 18, 2013

Llanto de sauce de Horacio Nin Uría


“Su cámara no va libremente de un lado a otro.

 El autor elige dónde quiere situarla.

El lugar escogido no es allí donde está a punto de suceder algo,

sino en donde serán narrados cierto número de acontecimientos”
 (Berger, 2005, 62)

Mirar y ser mirado, en la doble caja del lente de la cámara y el espacio teatral el espectador asiste a esa puesta en abismo de ser mirado por el presentador que a su vez mira y narra las fotos que aparecen en un fondo de pantalla, mientras él como público, mira al narrador y a las fotos en una duplicación donde los lenguajes se cruzan. Tiempo detenido por ojo de la cámara, tiempo extendido en el discurso que pone en acción el tiempo de la enunciación desde los personajes que se suceden en el correr de las secuencias espaciales, es decir, las fotos. Excusa de primer relato que esconde un segundo, el de la muerte del peón. El grupo teatral Aqueles, se presenta con el texto de Nin Uría en una sólida actuación, que va degranando la serie de monólogos que apenas están atravesados por mínimos diálogos de circunstancias. Un personaje narrador,  protagonista y testigo de su relato, cámara en mano nos cuenta una historia de viaje, pero no es el relato del héroe, ni el camino es la metáfora de la vida, ¿o sí? Un héroe moderno sin posibilidades reales de protagonizar un acto heroico, pero que puede convertirse en el centro de la resistencia de los otros, y sus pequeños gestos trémulos. Hacia el final como en el género policial negro hay un crimen, un cadáver cuyo encuentro sería el comienzo de otra narración. Desde la teatralidad, todo intento de verosimilitud es transgredido por el vestuario, la mulita del excavador, la peluca de ella que recuerda a Rapunzel, o algún otro cuento de hadas. Desde el discurso, la asimilación del hombre y del ojo del hombre al medio; un medio hostil, errático, donde cunde el desamparo y el misterio. La sequía como metáfora de la soledad, de lo ausente, de la muerte; la falta de agua, igual a la muerte que acecha en un tiempo muerto, el que provoca desde la perspectiva del fotógrafo el ojo de la cámara. El texto de belleza poética y árida, guarda en su semántica el divorcio de lo humano y lo animal, lo primero asociado al brazo extendido del deseo de trascendencia a través del simulacro de retener desde la técnica, la condición de lo vivo; lo segundo en el esfuerzo de la naturaleza por señalar su presencia aún desde el no ser, desde la negación de la vida convertida en polvo. El despojado espacio escénico responde a ese discurso poético y árido creando una atmósfera particular, atmósfera que no responde a un soporte preciso: tridimensional como en el teatro o bidimensional como en la fotografía. Por momento, la obra juega a correr los límites del artificio escénico, bien podríamos estar presenciando una muestra de fotografías o bien una puesta de teatro leído. Cada imagen parece darle el nombre a cada escena, “la seca” es la constante y lo que cada actor construye a partir de su discurso verbal y discurso gestual casi estático, como si nada pasara como si no hubiese conflicto: repetición, relantí, fragmentación, mínimas imágenes auditivas. Así la historia se desarrolla en un tiempo y espacio impreciso pero que, a su vez, nos resulta tan cercano y actual. El espectador queda atrapado en el intimo diario de viaje, en esta mirada fotográfica parcial, en un recorte de lo que sucede y en el cual la contigüidad del “fuera de campo” pareciera no tener importancia, desde el punto de vista dramático, como sí lo que tiene lugar en el interior de cada cuadro / escena / fotografía. Una mirada que atraviesa desde otro lugar la relación del hombre con la naturaleza a partir de un “progreso sostenido” en beneficio de unos pocos. El Llanto de Sauce es una propuesta comprometida con nuestra identidad nacional que nos atraviesa desde el extrañamiento.








Llanto de sauce de Horacio Nin Uría1. Elenco: Mariana Estensoro, Alfredo Staffolani, Román Tanoni, Juan Manuel Zuluaga. Diseño de escenografía e iluminación: Magalí Acha. Diseño de vestuario: Mercedes Uría. Fotografía: Pía Leavy. Peluca: Daniel Medrano. Realización de traje: Jaime Nin Uría. Producción: Fabio Petrucci. Prensa: Marisol Cambre. Asistencia de dirección: Bárbara Lier. Dirección: Horacio Nin Uría.









Berger, John, 2005. Mirar. Buenos Aires: Ediciones La Flor.

Soto, Ivanna, 2013. “Visiones melancólicas del campo sojero” en Escenarios /Teatro, Revista de Cultura Ñ, 28/1, clarin.com.





1
Llanto de sauce “(…) es la segunda obra de Nin Uría. La primera fue Aqueles que não são mais estrenada en 2010. De ahí el nombre del grupo de trabajo, “Aqueles”, surgido en 2009, que unió a gente de diferentes procedencias con el objetivo de buscar un código común de actuación. Como muchas compañías de Buenos Aires, tenían el grupo y las ganas. Ahora tienen los resultados, escritos en base a lo que pasaba en el interior del grupo con la diversidad de orígenes. (…)Es un texto que, al pensar en cómo actuarlo, a priori uno se lo imagina más solemne y declamado. Por eso nuestra búsqueda también tuvo que ver con cómo volverlo nuestro. Había algo de esa distorsión y ese desafío que nos planteaba un lenguaje verborrágico y distorsionado y barroco, por momentos difícil de seguir, pero donde los personajes pudieran soltar sus neurosis y empezar a enredarse con las palabras. Había algo de eso que me resultaba atractivo. Y como desafío, lo difícil era que eso se sostuviera en escena: un personaje hablando un monólogo de casi una carilla. La intención era un poco correrse de los límites de lo representable y ver hasta dónde el teatro se bancaba algo más literario.





La Colección de Harold Pinter




"Esto nunca ocurrió. Nunca ocurrió nada. 
No ocurrió ni siquiera mientras estaba ocurriendo." 
H. Pinter.1


Cuando Harold Pinter tituló La colección a su pieza, lo hizo siguiendo uno de los preceptos del absurdo, desconcertar al espectador desde el principio, es decir, si de algo no se habla en su obra es de colección alguna, salvo tangencialmente y como una de las características del dueño de casa donde habita Bill. Porque en realidad lo que interesaba al autor de la década del sesenta que buscaba hablar de la incomunicación del lenguaje a través del lenguaje era llevar al destinatario por una vía equivocada que lo arrastrara hacia una reflexión que no había buscado y con la cual le costaba conectarse. El estreno de la obra  se produjo en la televisión inglesa en 1961, la pregunta es de que nos habla a los espectadores de la segunda década del nuevo siglo, la obra del dramaturgo inglés. La respuesta parece obvia, en un mundo donde la incertidumbre es la única certeza posible, La colección, una vez más es una respuesta ante las acciones humanas que aparentemente triviales, nos dejan el sabor agridulce de lo oculto, de lo posible, de lo ocluido y no narrado pero que se escapa a través de los intersticios del discurso. De las mentiras preferibles a las verdades desconcertantes que nos llevarían a asumirnos. Agustín Alezzo como director que conoce los fundamentos de la poética pinteriana, buscó en la puesta reproducir el clima de época, y construir un espacio flemáticamente inglés ante la situación pasional de una posible traición. De allí el tono de las actuaciones, donde se pone el acento en el uso de la ironía, y el doble sentido. Para lograrlo, nos sitúa en un espacio doble, simultáneo, donde podemos ver pasar el tiempo de dos parejas, Harry y Bill, Stella y James, que se cruzan en un instante donde todo podría cambiar para ambas, y que sin embargo, luego de la posible revelación vuelven al principio. Es un acierto de esta puesta, en particular, como el dispositivo lumínico construye la atmósfera necesaria, especialmente al inicio, y como delimita el espacio escénico donde la incomunicación es el eje principal. Una puesta en escena que no termina de amalgamar la trayectoria del autor y de su director, quizá el tiempo real del hecho teatral no juega a favor cuando hay medio siglo entre ambos dramaturgos y la era del zapping ha modificado, inevitablemente, nuestra percepción. El teléfono como elemento funcional para el avance de las acciones, procedimiento caro a la dramaturgia de Pinter, deja a las claras la intención de mantener un tempo real a la escritura de la pieza, y anacrónico al presente de la acción, al igual que el vestuario, y la escenografía. Esta reproducción realista del espacio se contrapone a la atemporalidad de las acciones, y la búsqueda de un género como el absurdo.







La Colección de Harold Pinter. Elenco: Manuel Elizondo Hourbeigt, Sebastián Argañaraz, Lorena Sainar, Federico Tombetti y Matías Leites. Diseño escenográfico y vestuario: Agustín Alezzo. Dirección: Agustín Alezzo. El Camarín de las Musas.





http://www.elcamarindelasmusas.com/plays/view/134







1 Comentario irónico del dramaturgo a propósito del silenciamiento de las atrocidades cometidas por los Estados Unidos en el extranjero.







 

Bajo un manto de estrellas de Manuel Puig


Bajo un manto de estrellas (1981) de Manuel Puig es una comedia que parece simple y sencilla pero que no deja de ser encantadora. Lo de simple y sencilla viene a cuento de una estructura dramática en donde los recursos que se le ofrecen al espectador son prácticamente los mismos pero reformulados. La cuestión cíclica del texto dramático hace que tres de los actores deban encarnar varios personajes. Los cinco actores de la obra se lucen y despliegan sus artimañas para hacer agradable una obra donde siempre merodea el tema del encierro, la obsesión y la decadencia de una clase ociosa. La pareja de padres protagonizada por Adriana Aizenberg y Héctor Bidonde comienzan la acción llena de tics y atados prácticamente a la audición de una radionovela que llena su tedio, planteando el conflicto a la manera del absurdo, pero el desarrollo de la trama va a demostrar que el conflicto principal es real y bordea la locura y la muerte. Pompeyo Audivert, María José Gabín y Paloma Contreras, con sus actuaciones, también logran superar una puesta escenográfica pobre, donde la iluminación tampoco acompaña la muy buena labor de los actores, que poseen una ductilidad imprescindible para los pasos de comedia que el texto requiere.

Un texto que el programa destaca como el primero para teatro de la carrera de Puig e inédito hasta el momento, y donde los tempos narrativos son muy importantes y ajustados. Por otra parte,  es una obra que juega con el tiempo histórico, pero por más que se sitúe a fines de los años 40 y esté escrita en 1981, realiza un planteo que cala en el presente. La cuestión de que exista un relato previo, una historia llena de intrigas y mentiras, con secretos no muy bien guardados, pero que a la vez este relato se imponga a lo real, no aceptándolo, y tratando de ajustar los hechos nuevos que se suceden a una versión de las cosas preexistentes, logra traer la pieza al hoy. La alineación de los personajes principales que son los que conducen la trama resulta perjudicial hasta para los que reconociendo ese problema tratan de sacar beneficio. Las muertes se suceden pero la fantasía que no se modifica sirve para justificarlas. Al final la nueva generación representada en una trabajadora de la clase humilde, que se acerca con buenas intenciones, es la única que pueda escapar de esa telaraña, reconocer la falsedad, y escapar con un botín más que suculento, el futuro. Todo se amolda a una historia llena de diálogos, que aparenta una fluida comunicación, pero que en su encierro y bajo un manto de estrellas, son una sucesión de palabras, para que nada se modifique. Con una poética que en algunos de sus procedimientos obedece al absurdo de amenaza, Puig consigue producir una textualidad donde la metáfora e ironía se unen para conformar un relato que se vuelve sobre sí mismo en un espiral temporal donde vivos y muertos construyen desde sus miradas diferentes una historia no lineal, una sucesiva interpretación de los hechos.

Manuel Puig escribe la obra en el exilio; en los setenta en Buenos Aires se sentía amenazado e inseguro, por eso en septiembre de 1973, abandonaría la Argentina en dirección a México, luego sería amenazado por la triple A en 1974, cuando ya no se encontraba en el país:



En diciembre de 1974 hacía más de un año que yo había abandonado la Argentina, cuando, de todos modos, la Triple A, una organización nazi protegida por Isabel Perón, llamó por teléfono a la casa de mis padres para que yo dejara el país en 24 horas, etc. Yo estaba entonces en una larga lista con gente de izquierda que había apoyado al peronismo. (Levine, 2002, 225)



Después del éxito de su novela Boquitas pintadas1, y el que obtuvo la película que filmara Torres Nilsson sobre la misma, muy alabada en el Festival de Cine de San Sebastián en 1974, y a pesar del apoyo de casi toda la prensa escrita2 y del público, el autor sintió el vacío que el campo intelectual le ofrecía..



La historia no había tenido lugar, nadie había reconocido la realidad. Perón no había pateado a los izquierdistas, yo seguía siendo un reaccionario por no haberme unido al movimiento. Lo peor de todo era que mi libro había sido prohibido por la derecha y a la izquierda argentina no le importaba. (Levine, 2002, 239)



En el exilio escribiría también otra de sus novelas, luego adaptada a pieza teatral, El beso de la mujer araña; pieza estrenada en Brasil,3 y que tuviera una versión musical hace unos años en Buenos Aires. Manuel Puig es un autor que tuvo un arduo camino para obtener el reconocimiento de sus pares en el campo de la literatura nacional, y ese vaivén sobre la apreciación de sus valores recayó también en su escritura dramática, poco transitada, y casi ignorada por el canon de nuestra historia teatral.


 






Bajo un manto de estrellas de Manuel Puig/Manuel Iedvabni. Elenco: Adriana Aizenberg, Pompeyo Audivert, Héctor Bidonde, Paloma Contreras, María José Gabín. Dirección: Manuel Iedvabni.  Asistente de Dirección: Angie Zamblera. Iluminación: Roberto Traferri. Escenografía y Vestuario: Julio Suárez. Fotografía: Christian Inglize. Música original: Sergio Vainikoff. Diseño gráfico: Lia Parsons. Prensa y Comunicación: Varas &Otero. Teatro La Comedia.



http://www.facebook.com/pages/Teatro-La-Comedia/328631194442






Levine, Suzanne Jill, 2002. Manuel Puig y la mujer araña. Buenos Aires: Seix Barral /Los tres mundos /Biografía.




1 “El éxito de Boquitas pintadas empezó a abrirle puertas al mundo donde más deseaba entrar, donde en realidad había tratado de estar durante la pasada década. Actores latinoamericanos de primer nivel querían interpretar sus personajes, y jóvenes cineastas argentinos lo bombardeaban con ofertas y proyectos. La adaptación de su obra por la industria del cine empezó a ser una realidad para Manuel a principios de los setenta, pero, absorto en su escritura y escéptico sobre la calidad de los aspirantes no aceptó, hasta que en 1973 se le acercaron Beatriz Guido y su esposo, el distinguido director Leopoldo Torres Nilsson, figura enérgica y carismática en la vida actual argentina de los años 60 y 70. (Levine, 2002, 231)



2 Tuvo sólo una crítica adversa del matutino La Opinión.


3 (…) en Brasil tendría su primer éxito como dramaturgo, y las producciones teatrales de El beso de la mujer araña empezarían a brotar en todas partes. Su primer adaptación representada fue en Milán, en 1979:



La mujer araña ha sido representada en Italia; los resultados aún no se saben pero alguien me pidió los derechos para Francia después de verla: estoy haciendo mi propia adaptación estimulado por un productor brasileño que está preparando la puesta aquí. Como son sólo 2 personajes espero que la hagan en todas partes. ( Levine, 2002, )292



El beso…también fue llevada al cine en 1985 en una coproducción brasileña /estadounidense con el actor William Hurt, como Molina, Sonia Braga, y Raúl Juliá  en el papel de Valentín, dirigida por Héctor Babenco.









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